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La canción de Cazarrabo. Tad Williams

Con el calor mi gata acoge posiciones inverosímiles buscando el fresco. La miro, y aunque “La canción de Cazarrabo” va sobre felinos difícilmente la contemplo como uno de los personajes de esta novela de 1985. Que yo sepa nunca ha estado en una pradera, nunca ha recorrido la espesura de un bosque, o cruzado un río tempestuoso, ni ha necesitado cazar pájaros, topillos o ardillas. Mi gata, a tenor de esta obra, ha dejado de ser salvaje. Pertenece a ese rango de la raza felina domesticado por Ma’an, ha dejado de ser una cazadora, una guerrera.

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La ciudad de los mil planetas

Para alguien que lleva opinando durante años que el cómic francés, al menos el de ciencia ficción, es mucho más imaginativo, interesante y creativo que el americano, sobresaturado de tanto superhéroe, Valerian supone un soplo de aire fresco. O la amas o la odias, es lo que dicen las críticas. Por mi parte ni lo uno ni lo otro. Como he dicho en alguna otra ocasión: me gusta, me podria haber gustado más. Su principal baza es el escenario, la ciudad de los mil planetas.  Los personajes, ni fu ni fa. La historia, ahora hablaré de ella. El escenario. Un lugar donde prácticamente casi todas las civilizaciones de la galaxia, conviven tras entrar en contacto y forman parte de una experiencia colectiva común. La manera de tratar la diversidad de Luc Besson sobrepasa en calidad, en texturas, en credibilidad, en variedad, en imaginación, a todo lo que hayamos visto de Star Wars. Valerian supera a la Guerra de las Galaxias en ese sentido. La ciudad de los mil planetas sobrepasa, y en mucho, tanto que uno llega a odiar todavía más a George Lucas y a la segunda trilogía (la digital, la que según el desarrollo narrativo es la primera), a la imaginería de Coruscant. Uno llega a creerse más lo que ve en ese universo francés que en la fantasmagoria estadounidense.

Sin embargo, su fallo es la historia. Ahí todavía la primera trilogía de Star Wars (la de los ochenta) se lleva el galardón. El argumento de Valerian es desesperantemente buenista. Tienen una ciudad de los mil planetas, donde cada especie es, si cabe, más corrupta y malvada que la anterior, y la trama concluye en un alarde de pureza y de brillantez moral que provoca dentera. Con unos personajes tan perfectos, una raza que da tanto asco de lo brillante, infantil, ingenua, inocente, radiante y perfecta que es, que es lo que hasta cierto punto estropea la película. un poco más de cine negro, un poco más de contrabandistas y de bandidos. Menos edulcoramiento, menos hablar de amor y de poesía barata así por la cara, por favor.

En cualquier caso, Valerian mejor que cualquier refrito de superhéroes yankis que se pueda contemplar este verano

Dioses de los ochenta

Dioses de los ochenta,

no hacía falta que fuerais buenos actores,

ni que tuvierais interpretaciones redondas,

solo vuestro rostro que llenaba la pantalla.

Dioses de los ochenta,no eran necesarios los guiones sin resquicios,

ni los efectos especiales sin trampa ni cartón,

solo la imaginación, únicamente el delirio de vuestras ocurrencias.

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Premoniciones/Intuiciones

– Vas demasiado aprisa- se queja la mujer en el asiento del copiloto.

– Perdona, no me he dado cuenta.

– Heriberto, ¿has bebido? Te noto más precipitado al volante.

– No, no he tomado gota. Solo que… supongo que estoy un poco nervioso.

La mujer sonríe y le acaricia suavemente la rodilla. Es atractiva, en mitad de la treintena, delgada, los pechos como el trasero pequeños y redondos, el pelo liso, teñido de castaño cobrizo, cortado sobre los hombros, el rostro ovalado y los ojos almendrados. En esos momentos se dispone ataviada con vaqueros, zapatos negros con tacón ancho y una blusa gris oscuro.

– Yo también lo estoy. No te vayas a creer que hago esto todos los días.

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La tortuga roja

Mucha gente irá a ver este título al cine pensando que se trata de un titulo japonés, producido por Estudio Ghibli. Incluso algún crítico despistado dirá de ella: “Nada tan hermoso como un poema japonés”. Pero la cuestión es que no es una pelicula japonesa. “La tortuga roja” es un título muy distinto a casi todo lo que hemos visto de Ghibli hasta ahora. Si bien no puedo hablar de “El cuento de la princesa Siguya” porque es una de las pocas obras del sello nipón que no he contemplado, “La tortuga roja” se inspira más bien en películas francesas como las de Michel Ocelot (Kirikou, o Azur&Asmar) que en cualquier otra dirigida y realizada por el estudio Ghibli anteriormente. Sin embargo, no desmerece, e incluso a mi parecer ya era hora que los dibujos animados gozaran de un cambio de aires como este. La textura. El silencio. La falta de diálogos. La maestría impresionista con que se retrata la vivacidad de la luz solar y la oscuridad de la noche. No recuerdo haber contemplado una cinta ilustrada tan hermosa como esta. Lo único que le falta es, a mi parecer, algo de lo rocambolesco e imaginativo del mejor Miyazaki. Pero claro, si me he enamorado del minimalismo pictórico de esta cinta, también he de hacerlo de la simplicidad elemental del argumento.

El monasterio encantado. Robert van Gulik

En el siglo VII China no había sufrido las decadencias cíclicas de Occidente. Su existencia devenía ininterrumpida. La civilización se perpetuaba, había leyes, había funcionarios, había jueces que acudían para investigar y resolver los crímenes y misterios. Uno de ellos, el juez Di, fue un personaje real famoso por sus dotes detectivescas. Se conservan pocas historias del mismo, pero eso no ha sido óbice para que Robert van Gulik se haya inspirado en el carácter para componer un compendio de novela negra surtido e interesante. Una noche lluviosa, una parada forzosa para pasar la madrugada y la tempestad en un monasterio taoísta en la ladera de una montaña, tres crímenes sin resolver, y sombras funestas por los rincones. Lo que sorprende es la actualidad de la historia narrada, el grado de civilización que alcanzó China en el VII, descrito en el libro, que no deja de hacer rememorar detalles del tiempo presente. La sorprendente humanidad que sobrepasa las barreras culturales y del género.

La posibilidad de la magia

Decía Giorgio Agamben, a través de una dudosa referencia a Walter Benjamin, que los niños se sienten frustrados de sus mayores por no ser capaces de hacer magia. A esto cabe contraponer el pensamiento de los empiristas ingleses del siglo XVIII que opinaban que los niños creen en la magia porque no son lo suficientemente adultos para distinguirla de lo real. En esta disyuntiva prefiero situarme del lado de los primeros. Los infantes son perfectamente capaces de identificar lo real, es lo que contemplan cada día, y la magia es la posibilidad irrealizada, son los límites del universo cognoscible, la frustración por no poder ir más allá. Por lo tanto, en palabras de Agamben, nada hace más feliz a un niño que la magia. La pasión por los dinosaurios, es decir, por seres tan grandes como edificios, al menos mucho mayores de los que existen en la actualidad. El interés por los animales que hablan, o dicho de otro modo, por criaturas irracionales y limitadas que acogen cualidades humanas. La búsqueda de entidades mágicas, tipo gnomos, elfos, hadas, orcos, goblins, que oponer al ser humano y demostrarle así que no es el único ser racional sobre la creación. La inmensa frustración que va a acometiendo al ser que se desplaza hacia la madurez porque todo esto aparentemente no existe.

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