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Verano 1993

Exasperantemente aburrida. Esto no resta que bien dirigida, con un trabajo impecable y muy natural en las escenas con niños, hermosa en algunas fases, digamos que conmovedora. Sin embargo, qué tostón, qué monotonía, para el oído y para los sentidos. ¿Todo el rato jazz? Y los sonidos del bosque que asemejasen enlatados. Parecía que el cine español había abandonado eso, los guiones anodinos y casi minimalistas, parecía que con la crisis se habían olvidado de esa tendencia de pretender hacer arte, y que la única manera de hacer arte consistíera en contruir cine lento e infumable. Pero no. Dicen que nos estamos recuperando, algunos lo niegan, pero que se lo digan al retorno del gafapastismo. La bondad económica en este país guarda una estremecedora cercanía con la insulsez en el séptimo arte.

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Los herederos

El verano se acaba. Las vacaciones se terminan. Los hijos ya mayores vuelven al trabajo. Los padres jubilados se quedan en casa. Es la última tarde de piscina en la finca familiar. El sol que calienta la espalda, la brisa que mece las ramas de los fresnos. Ese sonido. El primogénito cierra los ojos y escucha. El día medio nublado crea una luz conmemovedora. En el horizonte nubes oscuras, a la espalda el anaranjado del atardecer. “No perdáis detalle”, comenta el padre, “que no habrá muchas ocasiones en que disfrutéis de una luz como esta”. El verde ceniciento, el marrón de la tierra rojizo y aterciopelado, el azul de la piscina como los ojos de una amante. El heredero mayor asiente. Observa y es como si todas las tardes que ha transcurrido en ese lugar, sentado en el borde, los pies en el agua, el calor contra su espalda desnuda, se condensaran aquí y ahora. No son colores lo que observa, sino el tiempo que transcurre entre sus dedos. El heredero cavila. Él ya es mayor, y es poco probable que tenga hijos. Sus hermanos que vienen detrás quizás, a ellos todavía les queda tiempo. Pero el primogenito reflexiona. Su madurez no consistirá en ver a unos niños crecer, sino en contemplar a sus padres envejecer. Su tarea vital, ahora que ha llegado a cerca de la mitad de su existencia, no será preparar el relevo para la siguiente generación, sino hacerse cargo de sus progenitores en su decadencia. Sus padres todavía son fuertes, vitales. Pero ya se les notan detalles. La mente que no es tan lúcida, los razonamientos que a veces se pierden. El primogénito observa todo lo que sus ascendientes han creado. Esa piscina mismo, los arboles en derredor, la casa pendiente arriba. Todo engendrado por empuje de sus mayores, por su esfuerzo, pensando en disfrutarlo ellos mismos y que sus hijos lo hereden. Pero el heredero lo cuestiona. En el fondo no sabe si quiere en el futuro volver a ese lugar, si prefiere viajar, trasladarse. No ha estado ahí cuando la casa se levantó, cuando los sistemas de tuberías fueron diseñados, montados y erigidos. No entiende cómo funciona. Nunca, como sus padres estaban allí, se ha preocupado por comprenderlo. Pero la herencia crea atavismos, el recuerdo y las acciones de los padres generan problemáticas en sus descendientes. Como la de cuidar de todo lo recibido, la de procurar que el agua recale en la alberca, que el pozo no se seque, que las tuberías no se taponen, que el sistema no se colapse, que los árboles no ardan y que sigan verdes. El esfuerzo de los padres denota obligaciones en los herederos. El verano se termina. Es pronto para intuir el otoño, pero acabará llegando. Los herederos lo saben, sobre todo el mayor que no puede, ni quiere, huir de responsabilidades. Su madurez no será el esplendor de su prole, sino el agua que se pone verde en el estanque, los muebles que se llenan de polvo, los edificios que se oscurecen con la lluvia.

El último día

Después de mucho tiempo, vuelvo a sonreír. Adiós tensiones, adiós a tener que disimular, por el qué dirán, mi último día en el instituto. Adiós a las preguntas a destiempo, a las críticas a la cara o, peor que estas, a aquellas que no se expresan, aquellas veladas, las conformadas por mi inconformismo, por mi perfeccionismo, la carga que yo mismo me echo a mis espaldas, los malos resultados con los estudiantes, la gente que me mira como si me conociera, aquellos que no se atreven a mirarme a los ojos, lo que no he conseguido, lo que he hecho o he dejado de hacer. No, hoy es el último día, borrón y cuenta nueva. Nadie me conocerá a dónde vaya, nadie sabrá de mi pasado, nadie me comprenderá, pero espero encontrarme con gente tolerante. El año pasado tenía una sensación agridulce al irme. Este año sonrío. Un día como este me informa, me da a entender, que el día más feliz de mi vida quizás sea el de mi muerte, porque habiéndolo dejado todo atrás, todos los sufrimientos, todas mis penas, los remordimientos, las cosas por hacer, no me importará irme a dormir y no volver a despertar.

Piloto de guerra. Antoine de Saint Exupery

Novela narrada en primera persona, dos años antes del fallecimiento del autor durante una misión aérea, a un año de la publicación de su gran obra y por la que será recordado por los tiempos venideros, “El principito”. Mil novecientos cuarenta, el ejército francés es derrotado y embolsado en Dunquerque, las tropas alemanas avanzan hacia París, y los habitates de las localidades de la frontera belga abandonan sus casas y marchan en desbandada al sur. El ejército francés ha sido derrotado, del Estado Mayor prácticamente quedan los restos, pero los pilotos de la brigada de reconocimiento siguen volando y planeando sobre las zonas en conflicto para tomar fotografías y generar informes. ¿Para quién?, esa es la gran pregunta. A la velocidad con la que avanzan los alemanes, cuando las fotos lleguen a dónde tienen que llegar, o no habrá nadie para examinarlas o ya será demasiado tarde. Dos de cada tres misiones no regresan. El esfuerzo asemeja inútil. Pero aún así los aparatos despegan. De la novela cabe distinguir dos partes, separadas en algunos puntos y entrelazadas en otros. Una primera que relata los hechos, la misión, y una segunda que expone los argumentos por los cuales Antoine de Saint Exupery se debate: “Parece absurdo volar y exponerse a una muerte casi segura en estas condiciones, pero no lo es”. Esto es, una exposición de los ideales del autor, una elucubración sobre por qué, a pesar de los obstáculos, del contexto, de la futilidad, él saldrá una y otra vez al aire. La defensa del honor, de la honradez, de sus principios, de su preocupación por el ser humano, con una frase por la cual la libertad en una sociedad se vislumbra cuando la masa no prepondera ni aplasta al individuo.

Premoniciones/Intuiciones

– Vas demasiado aprisa- se queja la mujer en el asiento del copiloto.

– Perdona, no me he dado cuenta.

– Heriberto, ¿has bebido? Te noto más precipitado al volante.

– No, no he tomado gota. Solo que… supongo que estoy un poco nervioso.

La mujer sonríe y le acaricia suavemente la rodilla. Es atractiva, en mitad de la treintena, delgada, los pechos como el trasero pequeños y redondos, el pelo liso, teñido de castaño cobrizo, cortado sobre los hombros, el rostro ovalado y los ojos almendrados. En esos momentos se dispone ataviada con vaqueros, zapatos negros con tacón ancho y una blusa gris oscuro.

– Yo también lo estoy. No te vayas a creer que hago esto todos los días.

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Cualquier otra cosa

Me preguntó una alumna el viernes si le recomendaba estudiar arquitectura. Lo hizo justo en la hora después que un compañero me comentara el rumor de que la Junta de Andalucía está planteando la posibilidad de cambiar el sistema de oposición de tal manera que solo aquel que ha estudiado historia pueda enseñar historia. Es decir, que yo como arquitecto, a pesar de que llevo más de un año enseñando la asignatura, no podría presentarme el año que viene. A pesar de que es tan solo un rumor el cuerpo se me puso a temblar, tanto que estuve a punto de decirle a la niña en cuestión: “Estudia cualquier otra cosa”. Porque desde luego los arquitectos ya no pintamos nada. Resulta que está en proyecto una ley que permitiría a los ingenieros firmar edificios, de tal modo que los arquitectos quedaríamos como una especie de diseñadores caros. Por otro lado, si nos metemos en el campo de la docencia la consideración social es que solo podemos impartir matemáticas y dibujo, a pesar de toda la historia del arte que damos, y del urbanismo que es la base de la geografía urbana. O que personalmente me he especializado en esos campos precisamente, con una tesis doctoral a mis espaldas. Pero no, un arquitecto solo puede diseñar edificios. Y si no lo hace, ¿qué le queda? Meterse a político o terrorista. Seguro que le tienen en mayor estima.