Archivo de la etiqueta: Fatalidad

El Oeste

El argumento de “El Oeste” se resume en la siguiente frase: “El relato de las peripecias de la tripulación del Hathórica, el primer barco fenicio que viajó a través del Mediterráneo hasta las costas de la Península Ibérica, y de lo que les aconteció allí”.

Se ha intentado que los topónimos se correspondan a los términos que se empleaban en la época. Así Gubla es la ciudad fenicia de Byblos; Kemet es Egipto y los Kemettuay los egipcios; Ilión, o Ilios, es Troya; Caftor, Kitim, Tanaya, el Iteru, Sardinia, Shikala, la isla Corcávina, los montes Haemus, o la isla de Ostra son, respectivamente, Creta, Chipre, la Grecia continental, el río Nilo, Cerdeña, Sicilia, Gran Bretaña, los Balcánes y Lampedusa. Aparte, el Promontorio Sacro es el Cabo de San Vicente, las Columnas del Océano el estrecho de Gibraltar, La punta de Sur se reconoce como Tarifa, Antigua es Antequera, el río Patos el Guadiana, el Baites el Guadalquivir, el Iberus el río Tinto y el Gran Promontorio el Cabo de Roca. El resto de nombres pienso que son fáciles de adivinar por el contexto.

Al final del libro se recogen dos apéndices. El primero referido a los tripulantes del Hathórica. El segundo respecto a las personas que se encontraron en su destino, especialmente mujeres.

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Siegfried. Alex Alice

La mitología adquiere cuerpo. Te engancha, te envuelve, te hace partícipe de un mundo del que no te quieres apartar. Siegfried es un cómic del autor francés Alex Alice, libremente inspirado en el cantar de los Nibelungos, que desarrolla el mito de Sigfrido y el dragón. Hacía años que no disfrutaba tanto de un cómic, tanto desde el aspecto estético como argumental.

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Loveless

Fui a ver esta película al Festival de Cine Europeo de Sevilla, por invitación, sin haber leído la sinopsis, ni siquiera haberme informado de su nacionalidad. La sorpresa fue grata, y a la vez desconcertante. En esa vertiente del cine europeo último, tal cual Toni Erdman, el director no tiene remilgos en plasmar los actos íntimos de los protagonistas, carnales, escatológicos, de impacto nervioso. No obstante, lejos del trasfondo cómico del título que menciono, los resultados son trágicos.

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Las hermanas Grimes. Richard Yates

Novela para disfrutar leyendo, puesto que el argumento está ahí desde el principio. Las Hermanas Grimes, cuenta Richard Yates, están destinadas a no ser felices. Dice el autor que la principal razón proviene de los desajustes familiares. Las hermanas Grimes nacen en un matrimonio que se divorcia, la madre va por un lado, es una profesional con éxito cuestionable, al padre cada vez lo ven menos, no lo conocen apenas. Las hermanas Grimes no tienen quien las proteja, no poseen un entorno familiar al que volver cuando las cosas van mal.

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Disfruta la tormenta

Ojalá que en tus atardeceres te acompañe la música celestial,

que al recorrer los cielos límpidos, los horizontes profundos,

las melodías sean propicias en los instantes de luz sobrenatural;

los truenos y relámpagos con Beethoven se vuelven acogedores,

disfruta la tormenta,

los estruendos no infunden miedo ni pavor frente a la belleza de la hecatombe;

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Razones

Una carretera de montaña con apenas anchura para dos coches. Tengo que dar la vuelta, no se me ocurre otro sitio donde hacerlo que ese. Provengo de una curva, voy hacia otra a apenas cincuenta metros. A mi espalda un precipicio considerable, tanto que me entra el pánico por el vértigo. Si un vehículo se aproxima por alguno de los lados no tendrá tiempo para parar ni espacio para esquivarme, sobre todo si es uno de esos turistas mentecatos que circulan a noventa en una carretera de cuarenta. La pendiente de la calzada es tal que al retroceder la gravedad tira de mí. Más pánico, el terror me paraliza. Pero acierto a pisar el pedal, ninguno coche viene. Consigo incorporarme, sigo vivo.

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Mi casa, mi monasterio

En cama a las siete de la tarde, enfermo o resfriado, podría ser. Pero no, por contra acosado por otro tipo de malestar; agotado por la presión, por el estrés social. En parte es culpa mía porque en su época quise acercarme, pretendí abrirme, y ahora tengo que lidiar con la imagen que en su momento creé. Resulta que la gente se molesta si me aparto, si no correspondo a esa naturaleza aparente cuando no es la mía, me lanzan indirectas si no voy a su casa, son capciosos, piensan que estoy molesto con ellos. Estoy molesto con ellos. Un palabra más adecuada sería decepcionado. No obstante, sigo diciendo, es culpa mía, porque me hice ilusiones, nuevamente como sucede año tras año me generé expectativas, me abandoné a la esperanza. Forjé grupos, desarrollé sociedades, cuando odio los grupos, cuando soy en exceso sensible a los ruidos, a los comentarios, a la cháchara sin fin alguno, a los gestos, a cualquier clase de gesto. Parece que no me entero, que ando despistado, pero no, me entero, y si me vislumbran con aire despistado y ausente es porque ya ando saturado, o trato de apartarme. Odio los grupos. Si me acerco a los grupos es porque espero encontrar a una persona, a una sola, a la que mirar a los ojos. Sin embargo, todavía recuerdo a esa gentil criatura que cuando le susurré como quien no quiere la cosa: “Estoy aquí para conocerte”, me respondió: “Me caes genial, y seguro que este año entre todos formamos un grupo muy apañado”. La gente adora los grupos, yo si voy es para conocer a una persona. El resultado es la saturación. No quiero visitaros, no quiero ir a vuestra casa. Si lo hago es porque, aunque aborrezco los grupos, temo el ostracismo. Ando allí casi por obligación. No deseo convivir. Quiero estar en mi casa, mi paz, mi tranquilidad, mi monasterio, mi reflexión, mi refugio.