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Bestiario tropical. Alfredo Iriarte

Compendio de barrabasadas e iniquidades. Anecdotario terrorífico y catastrófico. La democracia, si por algo es un sistema más justo que otros, es porque nos defiende de las consecuencias de la locura que una sola persona pueda contener. Cuanto esto último sucede, cuando un único ser con sus rarezas, obsesiones y desvaríos, logra deformar y conformar el Estado a su semejanza, por mucho que haya podido ser elegido democráticamente y que diga actuar en aras del pueblo, es cuando nos alejamos del gobierno del pueblo y nos acercamos a una dictadura. O simplemente a algo que no es democracia. El sistema debe controlar las decisiones del gobernante, confirmar que estas no se alejan demasiado de la lógica, de la tendencia hacia el bien común. Y evitar que de repente surja un Leónidas, un Maximiliano, un Anastasio, que se enriquezca a costa del país, asesine a troche y moche, y configure una situación donde sus perversiones personales (sexuales, sádicas, carniceras) sea contempladas como la norma. Bestiario Tropical puede ser considerado un anecdotario de los peores dictadores de América Latina. Mejor dicho, no los peores, sino los más dementes y degenerados. Da pábulo al horror de concebir que solamente una personalidad semejante pueda volver a gobernar.

La ciudad perdida de Z

El cine se ha dejado inspirar por los hechos reales y ha creado mitos de ficción. La pregunta es, ahora que parece que la imaginación se ha agotado, si los personajes reales que inspiraron dichos mitos alcanzarán la misma sonoridad transportados al celuloide. Indiana Jones y Percy Fawcett. El segundo es un personaje histórico. Se enfrentó a la selva, a los mosquitos, a las serpientes, se las vio con tribus indígenas que a menudo recelaban de los recién llegados, tuvo que enfrentarse al hambre, a la enfermedad, a la locura. No obstante, no resulta tan espectacular como Indiana Jones. A fin de cuentas, se trató de un personaje real. Cuando los personajes reales mueren no suenan las campanas celestiales, no acuden los ángeles divinos a acogerlo, su cuerpo se vuelve frío, y punto. Que una serpiente venenosa y letal se te deslice por entre las piernas puede llegar a ser un momento crucial y definitivo en tu existencia; que una tribu de indígenas con sus primitivas costumbres te acoja es un milagro que pocos han vivido. Aún de este modo, no resulta tan impresionante como un hechicero que arranca el corazón a sus víctimas aún vivas con las manos. La falta de ideas de la industria del cine rescata a los personajes legendarios. Pero las leyendas a menudo se forjan no tanto en la realidad como en la imaginación de las gentes, en las narraciones posteriores. “La Ciudad perdida de Z” es una película entretenida, que mantiene el pulso, aunque, hay que avisar, de un ritmo lento como corresponde a una peripecia real, que refleja el hambre, el tedio, el silencio y la desesperación del desierto verde, todo es igual, todo es cansinamente verde y monótono, con unos pocos momentos de brío y acción trepidante, y ninguna víctima de manos del protagonista. No es Indiana Jones, y menos mal que no es Indiana Jones.

El vendedor de pasados. José Eduardo Agualusa

Una lectura fragante, repleta de colorido y de sabores. Pasas las páginas y las remembranzas brotan, desde un mundo en el que nunca has vivido pero en el que podrías haberlo hecho, de aroma a fruta fresca, a jugos de los trópicos, a calor y a la humedad bajo los mangos, a canícula y a sombra providencial. Novela surtida de resplandores exuberantes, de historias que se desarrollan y extienden como las raíces de un árbol gigante, de pasados inventados pero que se vuelven reales, de recuerdos insertados porque son más intrincados y hermosos que la propia realidad. “El vendedor de pasados” no es una obra de grandes escenarios. Todo se enlaza y desenlaza en una única sala, un único salón desde donde un réptil en primera persona observa. El lenguaje es evocador con matices sutiles, con descripciones escuetas pero que de repente se enriquecen con metáforas ligeras y sugerentes, como la languidez de una mulata. Algo tiene de mágico “El vendedor de pasados” que se respira la atmósfera, que nunca antes había pensado en residir en Angola, mas de pronto es como si hubiera estado allí. Puede ser que porque todas las sombras bajo el sol tórrido protegen la misma esencia, de sencillez, de nostalgia, de acumulación de enseres y de recuerdos. La novela se enmarca en un presente no demasiado lejano, sin embargo como si estuviera describiendo un universo surgido hace cincuenta años. La calidad de esta novela se reconoce es que nos vende un presente como si fuera un pasado.

Dioses, tumbas y sabios. C W Ceram

El propio autor de este libro indica en la introducción que su propósito fue escribir el equivalente de “Cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, en el campo de la arqueología. Esto es, un libro de divulgación sobre los doctos, los sabios, los aventureros, que han permitido el redescubrimiento de las civilizaciones pretéritas, escrito en un lenguaje ameno, que interese y no aburra, que no redunde en largas y farragosas listas de términos, de fechas, sino que haga hincapié en el logro, en el milagro científico, que supuso por ejemplo en su día el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, o el hallazgo de la cámara funeraria casi intacta de Tutankamón. Tras el desenterramiento de la máscara del joven faraón hubo un montón de trabajo, un sinfín de precedentes, el surgimiento de nuevas ideas, de una nueva manera de entender y de respetar el pasado no como cantera, ni de reserva de oro para fundirlo, sino como patrimonio. Este libro se escribio como homenaje a todo ese desarrollo oculto tras la parafernalia de los grandes hallazgos.

Don Quijote en el exilio. Peter Furst

La población del mundo durante la Segunda Guerra Mundial era de 2500 millones de habitantes. Con que solo uno de cada 50.000 perteneciera a un mundo lo suficientemente civilizado y acomodado como para saber leer y escribir, hubiese sido lo suficientemente afortunado para sobrevivir (condición en ocasiones no indispensable), así como poseyese ese resquemor interno que insufla deseos de narrar lo que aconteció, tenemos cincuenta mil relatos distintos y variopintos sobre la II Guerra Mundial, los suficientes como para llenar los días de una vida. Los hay de todo tipo. De los soldados de cualquier frente, de los civiles que sufrieron penurias, de las minorías que padecieron persecuciones y exterminio. “Don Quijote en el exilio” es la autobiografía de un alemán descendiente de judíos que tuvo la cautela, o las amistades pertinentes, que le permitieron huir de Alemania antes de que todo comenzara. Recaló en España, fue testigo del estallido de la Guerra Civil, se marchó del país, fue corresponsal de guerra desde la comodidad de un café vienés… La historia de “don Pedro” es, dentro de las cincuenta mil líneas narrativas que conforman el universo autodocumentado del mayor conflicto hasta el momento, una narración de la retaguardia, configurado por alguien cuyo origen e identidad suponía un peligro, pero que contó con los apoyos necesarios para que ese riesgo no fuera tan elevado como el de un soldado en la trinchera o el de un marcado en el ghetto. Don Pedro recorre los trenes de toda Europa: España, Viena, Yugoslavia, París… Termina marchando a la República Dominicana. Su historia es la de un superviviente, no la de un luchador; describe, rara vez denuncia. Los personajes variopintos se van sucediendo. El mundo se tiñe de oscuro, se entenebrece, se vuelve gris, pero nunca negro. Su transcurso rodea las zonas de combate, no las atraviesa. Europa arde, pero no se desmorona del todo. Entre las ruinas se debate don Pedro. Y donde quiera que va encuentra a aquellos que reconstruirán el mundo tras la debacle. Un libro no tanto dedicado a las víctimas como a los supervivientes. Una lectura paralela a los hechos bélicos. La II Guerra Mundial no solo fueron batallas o campos de concentración, también soñadores exiliados que rodearon su país sin jamás volver a pisarlo.

Gottland. Mariusz Szczygiel

Novela de no ficción, el género sin duda que ha estallado y que ante todo ha despuntado en el siglo XXI. Difícilmente recuerdo novelas de no ficción anteriores al 2000, o al menos a los noventa. Las hubo. Ahí estaban Bukowski o Miller. Sin embargo, no con la crudeza de estas últimas sagas, no necesariamente autobiográficas, o donde la autobiografía no fuera el hilo conductor. Gottland es la obra de un escritor polaco de nombre impronunciable y que incluso cuesta deletrear y redactar, sobre un país que no es el suyo, la República Checa, pero que podría ser el suyo. Podría ser el de todos. Gottland es la novela de no ficción, un relato de historia narrativa, sobre un conjunto de personajes como representantes de un país durante el siglo XX. Gottland nace con el capitalismo de una fábrica de zapatos, se codea con el nazismo hitleriano de la 2º Guerra Mundial, y adquiere su madurez y trasfondo principal en la fase comunista. Gottland no es un libro de historia, sino de bocetos biográficos. El resto, los huecos entre vivencia y vivencia, hay que irlos rellenando. Con imaginación. ¿Qué consejo ofrecer sobre esto? ¿Cómo lucubrar lo que ocurrió entre personaje y personaje? ¿De qué manera enlazar la bitácora del zapatero Bata con quien construyó el monumento a Stalin más grande del mundo en Praga? Es fácil, no confíes en la humanidad como un lugar donde alguien pueda ser feliz, no vayas con esperanza y buenas intenciones, sino con ánimo rebelde y contestatario. Piensa mal, en las millones de maneras como un ser humano puede convertir a otro en esclavo, y acertarás.

Hay un rey loco en Dinamarca. Darío Fo

Incursión de Darío Fo en el género de la novela, un campo que no le es propio, o al menos en el que no ha cosechado tanto éxito como la dramaturgia. Se nota. Está fuera de su terreno habitual. La novela es ligera, no se detiene en descripciones y sobre todo la obra es rica en conversaciones. El tratamiento es superficial, no llega a profundizar excesivamente ni en la psicología ni en la trama. Pero por ello se lee rápido. El método de descripción del periodo histórico es fiel, verosímil y no se hace pesado. Lo único, como he comentado, que sabe a poco para una persona especializada en Historia. Sin embargo, consigue su propósito. Un relato sobre la libertad, y el progreso entendido como el afianzamiento de dicha libertad. Darío Fo extrae del olvido a unos cuantos de sus mitos, y lo hace tan bien que dan ganas de indagar aparte. Se trata de un homenaje a aquello en lo que cree y admira.