Archivo de la etiqueta: Histórica

Cavernas, pirámides, imperios. David Solar

David Solar, autor en Historia 16, y en otros muchos medios, escribe su propio libro de historia de la humanidad, y lo hace de momento circunscribiéndose a la prehistoria y edad antigua, sin introducirse en la edad media. Es decir, al pasado más lejano, aquel donde la arqueología se vuelve cada vez más escasa y somera, y es necesario echar mano de las fuentes escritas, aún cuando son ahistóricas en muchos casos, increíbles, faltas de rigor, y posiblemente redactadas por alguien con una visión sesgada del mundo, influida y deformada por sus propias creencias y por su pertenencia a una civilización en concreto en detrimento de las demás. No obstante, algo de verdad habrán de tener.

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Dunkerque. Christopher Nolan

Tiempo perdido, eso es lo que se puede argumentar de Dunkerque, una pérdida de tiempo.

Christopher Nolan, inventor de mundos, uno de los pocos que ha sido capaz de ofrecer en la última década algo que no esté manido o repetido hasta la saciedad, desarrollador de lenguajes y de mundos inexplorados. Con Origen creó una nueva mitología contemporánea. Con Interstellar, ya, sí, larga y aburrida como ella sola. Pero la exploración espacial realista, los agujeros negros, los colores primarios, los tempanos de hielo, todo. O Memento. O la renovación del cómic de superhéroes que desafortunadamente no ha calado en el resto del universo cinematográfico. Ese Joker a la altura de Frank Miller.

Y de repente a Nolan le da por hacer una película bélica. Lo dicho, dos años perdidos de la vida de un gran creador. Tiempo perdido. La primera vez que vi el trailer de la cinta me eché las manos a la cabeza. No puede ser. Acudo a las salas y me repito e insisto: No puede ser. Esa sensiblería bélica de fondo, esa glorificación de la valentía y de la entrega, justificado porque supuestamente se lucha contra el mal, contra un enemigo que es el demonio mismo. Con “La delgada línea roja” el cine bélico tendría que haberse extinguido. Muy buena fotografía, excelente desarrollo de la trama. Y sin embargo, nada nuevo bajo el sol. La enervante musica de fondo, como el sonido del motor de un submarino. Hora y media en esa tesitura resulta insoportable. O lo predecible de la trama, en los primeros minutos de cada línea argumental ya se adivina de qué manera va a concluir. Así como falta de medios. Esas líneas raquíticas de soldados, ¿dónde se vislumbra ahí los cuatrocientos mil militares embolsados? ¿O las cuarenta mil víctimas de la conflagración? Y, ¿tres aviones spitfire? ¿Una película bélica con solo tres aviones contra todo el potencial nazi? Ves una fotografía real de la batalla, una en blanco y negro, borrosa, con el granulado y el paso del tiempo que se nota, y Dunkirk, de Christopher Nolan, se queda en pañales. Un espectáculo de autor. La prensa la proclama como la gran película de Nolan, se ve que a los críticos no les gusta la ciencia ficción ni los superhéroes, su quehacer sobra de engreimiento y peca de falta de imaginación; porque ese es el punto álgido de este título, la reputación del director, porque por lo demás un espectáculo fallido.

Roma y los bárbaros. Terry Jones

Como cualquier libro de historia que se precie, el contenido de “Roma y los bárbaros” es muy discutible. En Internet encontrarán críticas de todo tipo, especialmente favorables, pero esto último no quiere decir nada, porque si alguien puntúa es que ha leído el manuscrito, y si lo ha hecho mayormente sucede porque ya de entrada esté de acuerdo con la opinión vertida, o haya mostrado interés porque la descripción de la contraportada le ha seducido.

Como fue mi caso. Una historia alternativa, una que habla de los romanos como asesinos de civilizaciones. Julio César arribó a la Galia, vio y aniquiló. Entró con la voluntad de aquel dispuesto a convertirse en dios, con el derecho de quien tiene el propósito de acabar divinizado en un panteón. Mató a una tercera parte de los galos, con otra se alió y a la que quedaba la esclavizó. Esquilmó tribus enteras. Líneas genéticas de herencia con miles de años de antigüedad fueron borradas de la faz de la tierra. E históricamente esto se ha justificado por gracia de una civilización superior que somete a los bárbaros.

Me seducía este punto de vista, tengo que reconocer por un cierto nacionalismo. Porque, por ejemplo, los íberos. O los lusitanos, los carpetanos, los vetones, los arévacos, etc. Me encontraba harto de historiadores que consideran que antes de Roma no hubo nada. O previamente a los fenicios, a los griegos. La civilización emergió en la Península Ibérica por aportación extranjera, los oriundos peninsulares eran unos inútiles con la mente endeble, salvajes con taparrabos.

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Bestiario tropical. Alfredo Iriarte

Compendio de barrabasadas e iniquidades. Anecdotario terrorífico y catastrófico. La democracia, si por algo es un sistema más justo que otros, es porque nos defiende de las consecuencias de la locura que una sola persona pueda contener. Cuanto esto último sucede, cuando un único ser con sus rarezas, obsesiones y desvaríos, logra deformar y conformar el Estado a su semejanza, por mucho que haya podido ser elegido democráticamente y que diga actuar en aras del pueblo, es cuando nos alejamos del gobierno del pueblo y nos acercamos a una dictadura. O simplemente a algo que no es democracia. El sistema debe controlar las decisiones del gobernante, confirmar que estas no se alejan demasiado de la lógica, de la tendencia hacia el bien común. Y evitar que de repente surja un Leónidas, un Maximiliano, un Anastasio, que se enriquezca a costa del país, asesine a troche y moche, y configure una situación donde sus perversiones personales (sexuales, sádicas, carniceras) sea contempladas como la norma. Bestiario Tropical puede ser considerado un anecdotario de los peores dictadores de América Latina. Mejor dicho, no los peores, sino los más dementes y degenerados. Da pábulo al horror de concebir que solamente una personalidad semejante pueda volver a gobernar.

La ciudad perdida de Z

El cine se ha dejado inspirar por los hechos reales y ha creado mitos de ficción. La pregunta es, ahora que parece que la imaginación se ha agotado, si los personajes reales que inspiraron dichos mitos alcanzarán la misma sonoridad transportados al celuloide. Indiana Jones y Percy Fawcett. El segundo es un personaje histórico. Se enfrentó a la selva, a los mosquitos, a las serpientes, se las vio con tribus indígenas que a menudo recelaban de los recién llegados, tuvo que enfrentarse al hambre, a la enfermedad, a la locura. No obstante, no resulta tan espectacular como Indiana Jones. A fin de cuentas, se trató de un personaje real. Cuando los personajes reales mueren no suenan las campanas celestiales, no acuden los ángeles divinos a acogerlo, su cuerpo se vuelve frío, y punto. Que una serpiente venenosa y letal se te deslice por entre las piernas puede llegar a ser un momento crucial y definitivo en tu existencia; que una tribu de indígenas con sus primitivas costumbres te acoja es un milagro que pocos han vivido. Aún de este modo, no resulta tan impresionante como un hechicero que arranca el corazón a sus víctimas aún vivas con las manos. La falta de ideas de la industria del cine rescata a los personajes legendarios. Pero las leyendas a menudo se forjan no tanto en la realidad como en la imaginación de las gentes, en las narraciones posteriores. “La Ciudad perdida de Z” es una película entretenida, que mantiene el pulso, aunque, hay que avisar, de un ritmo lento como corresponde a una peripecia real, que refleja el hambre, el tedio, el silencio y la desesperación del desierto verde, todo es igual, todo es cansinamente verde y monótono, con unos pocos momentos de brío y acción trepidante, y ninguna víctima de manos del protagonista. No es Indiana Jones, y menos mal que no es Indiana Jones.

El vendedor de pasados. José Eduardo Agualusa

Una lectura fragante, repleta de colorido y de sabores. Pasas las páginas y las remembranzas brotan, desde un mundo en el que nunca has vivido pero en el que podrías haberlo hecho, de aroma a fruta fresca, a jugos de los trópicos, a calor y a la humedad bajo los mangos, a canícula y a sombra providencial. Novela surtida de resplandores exuberantes, de historias que se desarrollan y extienden como las raíces de un árbol gigante, de pasados inventados pero que se vuelven reales, de recuerdos insertados porque son más intrincados y hermosos que la propia realidad. “El vendedor de pasados” no es una obra de grandes escenarios. Todo se enlaza y desenlaza en una única sala, un único salón desde donde un réptil en primera persona observa. El lenguaje es evocador con matices sutiles, con descripciones escuetas pero que de repente se enriquecen con metáforas ligeras y sugerentes, como la languidez de una mulata. Algo tiene de mágico “El vendedor de pasados” que se respira la atmósfera, que nunca antes había pensado en residir en Angola, mas de pronto es como si hubiera estado allí. Puede ser que porque todas las sombras bajo el sol tórrido protegen la misma esencia, de sencillez, de nostalgia, de acumulación de enseres y de recuerdos. La novela se enmarca en un presente no demasiado lejano, sin embargo como si estuviera describiendo un universo surgido hace cincuenta años. La calidad de esta novela se reconoce es que nos vende un presente como si fuera un pasado.

Dioses, tumbas y sabios. C W Ceram

El propio autor de este libro indica en la introducción que su propósito fue escribir el equivalente de “Cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, en el campo de la arqueología. Esto es, un libro de divulgación sobre los doctos, los sabios, los aventureros, que han permitido el redescubrimiento de las civilizaciones pretéritas, escrito en un lenguaje ameno, que interese y no aburra, que no redunde en largas y farragosas listas de términos, de fechas, sino que haga hincapié en el logro, en el milagro científico, que supuso por ejemplo en su día el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, o el hallazgo de la cámara funeraria casi intacta de Tutankamón. Tras el desenterramiento de la máscara del joven faraón hubo un montón de trabajo, un sinfín de precedentes, el surgimiento de nuevas ideas, de una nueva manera de entender y de respetar el pasado no como cantera, ni de reserva de oro para fundirlo, sino como patrimonio. Este libro se escribio como homenaje a todo ese desarrollo oculto tras la parafernalia de los grandes hallazgos.