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El último día

Después de mucho tiempo, vuelvo a sonreír. Adiós tensiones, adiós a tener que disimular, por el qué dirán, mi último día en el instituto. Adiós a las preguntas a destiempo, a las críticas a la cara o, peor que estas, a aquellas que no se expresan, aquellas veladas, las conformadas por mi inconformismo, por mi perfeccionismo, la carga que yo mismo me echo a mis espaldas, los malos resultados con los estudiantes, la gente que me mira como si me conociera, aquellos que no se atreven a mirarme a los ojos, lo que no he conseguido, lo que he hecho o he dejado de hacer. No, hoy es el último día, borrón y cuenta nueva. Nadie me conocerá a dónde vaya, nadie sabrá de mi pasado, nadie me comprenderá, pero espero encontrarme con gente más tolerante. El año pasado tenía una sensación agridulce al irme. Este año sonrío. Un día como este me informa, me da a entender, que el día más feliz de mi vida quizás el de mi muerte, porque habiéndolo dejado todo atrás, todos los sufrimientos, todas mis penas, los remordimientos, las cosas por hacer, no me importará irme a dormir y no volver a despertar.

Evolucionad, evolucionad, malditos

Empieza a hacer calor, hasta yo me doy cuenta. Las cerraduras que no abren bien a causa de la dilatación, las moscas que ya no vuelan, las arañas que se agolpan en el cuarto de baño, tener que dejar abierto el grifo cinco minutos para que el agua llegue templada, los pájaros deshidratados en las cunetas. Da pena y agobio contemplar el mundo en esta tesitura. Como mis compañeros en la sala de profesores que a veces sin aviso previo se levantan en su sitios clamando: “Esto no puede ser. ¡Esto no puede ser!”, agitando los brazos como buscando atraer el fresquito tal cual peces boqueando.

Aún así me niego a poner el aire acondicionado. Me parece el invento del maligno, algo creado para terminar provocando el efecto contrario. Como en mi edificio, mis vecinos ponen el aire acondicionado supuestamente para dormir, pero el bloque se termina convirtiendo en una discoteca. El ruido grave del aparato del segundo, sumado al murmullo agudo del tercero, la plétora de sonidos en el patio, las tuberías que traquetean, el goteo del agua de condensación. ¿De verdad pretendéis conciliar el sueño? Para colmo, un aparato climatizador, un artilugio que mete aire frío en una habitación a costa de echar para afuera el aire caliente. En el patio las distintas emanaciones se condensan, la atmósfera se vuelve turbia, se electrifica, se siente que casi pudiera estallar una tormenta.

Admitidlo, el cambio climático ha comenzado y esto es solo el principio, solo puede ir a peor, así que u os acostumbraís, o perecéis en el intento, u os cargáis el mundo a base de miniclimas en los patios de vecinos. Do the evolution, baby. Evolucionad, evolucionad, malditos.

Ocurrencia

Lo difícil que es encontrar a una persona de mi generación, alguien que no sea un adolescente, un ser cuyo momento de lucidez se halló en las postrimerías de los treinta, y que ahora viva de las rentas, un ente que no abogue por el culto a la juventud cuando está claro que su camino vuelva hacia la madurez, un tardotreintañero que fue original en su momento, consecuente consigo mismo, en los treinta, pero que ahora en la decadencia y en el horror a la vejez, a la muerte y al vacío, se empeñe en comportarse como un adolescente, con lo aburridos que son los adolescentes, lo sé por experiencia propia que trabajo treinta horas a la semana con ellos, donde todo signo de rebeldía es acometido por presión social, porque el resto observa, todavía no son ellos mismos, sino las personas que los demás buscan que sean, huyen de responsabilidades, son corruptos, aprovechados, no razonan, reconocen en los adultos a sus enemigos, y lo difícil que es no ser así, que es crecer y no aterrorizarse, que surjan las arrugas y retroceder atrás en huida hacia el pasado, procurar no recordar los errores, ser desenvuelto, aparentamente aleatorio, disolver la memoria que podamos tener, no tener remembranzas, una vida por definirse, volver a ser un adolescente sin preocupaciones, en el fondo la adolescencia como una suerte de vejez prematura.

San Valennada

Poco importa la ausencia de un San Valentín romántico,

la falta de ocasión de celebrar este día,

sabes que la gente que te es afín es aquella que se halla ocupada o se inventa ocupaciones:

alimentar gatos, escribir libros de filosofía que nadie leerá, tesis doctorales que las amargan, cursos en el extranjero, reuniones de trabajo a deshoras;

solamente dos de cada siete veces San Valentín caerá en fin de semana,

celebremos pues los fines de semana,

aunque no haya fiesta de los enamorados;

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El vendedor de naranjas. Fernando Fernán Gómez.

Las apariencias engañan y nunca mejor dicho en El vendedor de naranjas, de Fernando Fernán Gómez. No hace falta irse a las altas esferas políticas para encontrar corrupción. En todos los niveles entre pillos anda el juego. Por ejemplo, con la realización de una película en plena etapa franquista. “El vendedor de naranjas” es una novela corta, que se lee rápida, en una tarde o en poco más. No hay grandes personajes femeninos. Casi todo son masculinos. Casi todos los engaños se producen entre hombres. No hay descripción de interiores profundos, de sentimientos notables, pero sí de ansia por la supervivencia a toda costa. Los emprendedores a menudo deben entramparse, y lo hacen a viento y marea, engañando a quien tengan que engañar. Los negocios al final surgen como asuntos deslavazados, sin que se llegue a comprender al final cómo es posible que lleguen a buen término, o a la conclusión que sea. El vendedor de naranjas es una obra que se lee rápida, cómoda y fácil. Un trocito de lectura, de pensamiento, de amargura en algunos casos, de debilidad, ingenuidad y autoengaño.

Toni Erdmann

Propongo una lista: metraje escesivamente largo, más allá de las dos horas y media; una historia basada en la extraña relación entre un padre y una hija; incomprensión y separación entre generaciones; hastío existencial; momentos en los que la trama se sale de un discurso lineal, volviéndose extravagante o tediosa; el humor observado como un elemento caótico, que rompe las reglas del decoro; la franqueza criminal y sin sentimientos del capitalismo neoliberal; instantes perversos y morbosos que hacen levantar el estómago; momentos en los que el velo se desprende, los mitos son disueltos y destrozados; incomodidad ante la crudeza de algunas actuaciones; y un clímax absurdo, surrealista, desternillante y agradable. Estos son los elementos de una película que los críticos europeos han tildado como la mejor del año en el viejo continente. En cuanto al público en general, si han seguido leyendo la lista hasta el final, Toni Erdmann es su película.