Archivo de la etiqueta: Instituto

Decadente

Con aire decadente y la mente en suspenso,

falto de fe y de confianza cuando quisiera hacer lo correcto,

estoy tan cansado, la cabeza se me va,

agotado, se me olvidan las cosas, las pienso, me voy y ahí están,

escapar de la masificación urbana,

Sigue leyendo

Anuncios

Cosas de pueblo pequeño

En el cuarto la luz del día que se apaga entra por las persianas. No es de noche pero el urbanita ya está en cama. Puesto que es otoño el que atardezca no supone siquiera que sea una hora vespertina, apenas dan las dieciocho horas en el reloj digital del despertador sobre la mesilla de noche. Si estuviera enfermo habría explicación. No obstante, el pecho no está congestionado, no presenta fiebre alta. Es solo tristeza la que hay en sus ojos mientras observa el techo de la habitación.

Sigue leyendo

Mi casa, mi monasterio

En cama a las siete de la tarde, enfermo o resfriado, podría ser. Pero no, por contra acosado por otro tipo de malestar; agotado por la presión, por el estrés social. En parte es culpa mía porque en su época quise acercarme, pretendí abrirme, y ahora tengo que lidiar con la imagen que en su momento creé. Resulta que la gente se molesta si me aparto, si no correspondo a esa naturaleza aparente cuando no es la mía, me lanzan indirectas si no voy a su casa, son capciosos, piensan que estoy molesto con ellos. Estoy molesto con ellos. Un palabra más adecuada sería decepcionado. No obstante, sigo diciendo, es culpa mía, porque me hice ilusiones, nuevamente como sucede año tras año me generé expectativas, me abandoné a la esperanza. Forjé grupos, desarrollé sociedades, cuando odio los grupos, cuando soy en exceso sensible a los ruidos, a los comentarios, a la cháchara sin fin alguno, a los gestos, a cualquier clase de gesto. Parece que no me entero, que ando despistado, pero no, me entero, y si me vislumbran con aire despistado y ausente es porque ya ando saturado, o trato de apartarme. Odio los grupos. Si me acerco a los grupos es porque espero encontrar a una persona, a una sola, a la que mirar a los ojos. Sin embargo, todavía recuerdo a esa gentil criatura que cuando le susurré como quien no quiere la cosa: “Estoy aquí para conocerte”, me respondió: “Me caes genial, y seguro que este año entre todos formamos un grupo muy apañado”. La gente adora los grupos, yo si voy es para conocer a una persona. El resultado es la saturación. No quiero visitaros, no quiero ir a vuestra casa. Si lo hago es porque, aunque aborrezco los grupos, temo el ostracismo. Ando allí casi por obligación. No deseo convivir. Quiero estar en mi casa, mi paz, mi tranquilidad, mi monasterio, mi reflexión, mi refugio.

Exhaustivo

Me pregunto si algún pueblo antiguo ideó un dios de las cuentas, de los datos pormenorizados y fehacientes, una deidad que vigilara la labor de escribas en la antigua Mesopotamia y Egipto cuando se encargaban de registrar las cantidades, como el grano en los silos, las ánforas de aceite en los almacenes,  las mercancías que parten y llegan con las caravanas. Esta deidad posee una libreta, y en dicha libreta sabe y apunta sin género de duda los resultados de todas las operaciones, los números tal como deben salir al final del cómputo; una divinidad de las cantidades correctas. De este modo, contabiliza hasta el último grano de trigo, hasta la última res del establo, y si acaso se encontrara con un oficial vago o corrupto que redactara datos falsos que no se correspondieran con lo que tiene apuntado, que se quedara con parte del tesoro, o simplemente por despite incluye errores fatales en los registros, se encarga de castigarlo. Al infierno irás por no acometer tu trabajo de manera exhaustiva, veraz y precisa. El dios de las cuentas que en su versión moderna serviría de acicate a los profesores para realizar bien su trabajo. Como en esas ocasiones en las que no se tienen ganas de corregir incontables exámenes, y se acometen errores de bulto como puntuar por el aspecto, por la presentación, por la caligrafía, o por lo bien que a uno le caiga tal niño o niña. Sin embargo, ahí está el dios de la cuentas, que sabe de manera precisa la calificación que se merece cada alumno o alumna. Ten cuidado si te desvías de su criterio, si se te va la mano con el bolígrafo rojo. El dios de las cuentas te vigila, desde el altar en la sala de profesores. Es él quien insufla en las mentes de los padres la necesidad de ir a protestar, es él quien abre la caja de Pandora de las quejas y reclamaciones. Dedícale una vara de sándalo, enciéndele dos cirios blancos en su templo, y repasa una, dos, y cinco veces las notas de los exámenes. Porque, ya sabes, pobre mortal que te desvías de la norma, el dios de las cuentas es concienzudo, exhaustivo, y en los remordimientos te perseguirá.

Irrepetible

El caos del otoño trae situaciones irrepetibles.

Si me preguntan: ¿qué hiciste ayer? Contestaré:

Preparé dos temas, no fui de cervecitas, no tramé cháchara insustancial, no revelé detalles de mi vida personal, no frecuenté ambientes perversos, no conocí al amor de mi vida, no conversé con chavalas ufanas;

pero preparé dos temas, y contemplé un atardecer.

Sigue leyendo