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El gato que venía del cielo. Takashi Hiraide

Una pareja que huye de la especulación inmobiliaria hacia un suburbio ajardinado, relacionada con el mundo del arte y de la cultura. Han cumplido una edad en la que ya no quieren tener hijos, están aburridos, los días pasan, hasta que de un momento a otro el gato de los vecinos, un animal del que no son dueños, ni del que se consideran dueños, aparece en el jardín, y eso cambia su mundo. La relación con el felino los vuelve más humanos, más amables, nunca han conocido un animal como ese. Su presencia da sentido a la existencia cotidiana.

La literatura japonesa a veces produce extrañeza. Alguien podría decir que se trata del choque cultural. No creo que sea solamente cultura. Las reacciones de los personajes, en este caso una historia autobiográfica, o son nimias e inapreciables, o son desproporcionadas. No hay término medio. Las reacciones de los personajes de las novelas japonesas difícilmente otorgan la apariencia de lo que pudiéramos cavilar como razonable. No quiero pensar que se trate de algo cultural, porque eso sería como decir que la cultura japonesa es una cultura de inadaptados emocionales. Porque la trama y los comportamientos parecen ser los de niños que están aprendiendo a vivir, agrupaciones de seres con Asperger que poco a poco van entendiendo qué es eso de la sociedad humana.

Pero por eso mismo una novela como esta emociona más e interesa más. El amor que se puede sentir hacia un animal, un animal que no es como un perro, indvidual, independente, pero único e irrepetible, la perla que descansa en las entrañas de un pequeño ser. Pocas veces como en esta novela he leído lo que verdaderamente significa estar con un gato, la relación con un felino, un ser por otro lado tan especial que acaba salvándote. Lo sé porque lo he vivido. En su momento una gata me salvó. Es por esto que a pesar de la extrañeza y de la incomprensión en algunos tramos no puedo dejar de recomendar “El gato que venía de cielo”.

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Silencio. Shusaku Endo

A los diecinueve años cayó en mis manos casi por casualidad una novela titulada “El samurái”, de un escritor japonés llamado Shusaku Endo. La novela trataba sobre la expedición de japoneses que al mando de Hasekura Tsunenaga recorrieron medio mundo para recalar en la Sevilla y en la Roma del siglo XVII. Habiendo leído novelas mejores, no obstante, sucedió que cada vez que me preguntaban por algún libro o título favorito, si tenía poco tiempo para responder, contestaba: El samurái.

Hubiera preferido que Martin Scorsese hiciese una version de “El samurái”. Años más tarde leí Silencio, y el impacto fue menor. Porque ya había recibido el mensaje, ya me había calado. Yo, que me había separado de las enseñanzas de la Iglesia, sin embargo en las reminiscencias de cristianismo que me quedaban, recopilaba ejemplos diversos, desde las más variopintas fuentes, como la fe de unos samuráis, incapaces de comprender por qué imperios tan poderosos rezaban a un dios debilucho clavado en una cruz, pero que en su sufrimiento reconocieron el mensaje de un Cristo que les acompañaba en la adversidad. Ese es, en definitiva, el mensaje principal del autor, un hombre que a menudo fue golpeado por la condición de minoritario. Católico en Japón, japonés en Francia, con una salud menguada por la tuberculosis. Como una parábola que capté en la película CRAZY. Un hombre que caminaba por el desierto acompañado de Cristo, al final de su vida mira hacia atrás y contempla dos líneas de huellas sobre la arena, a excepción de en algunos tramos donde solo observa una. Consternado mira a Jesús y le pregunta: ¿Por qué en los momentos que más sufría me abandonaste? A lo que Jesús responde: No te dejé. Si ves una sola línea de huellas allí donde más padeciste es porque te llevaba sobre mis hombros.

Silencio es una novela dura, más árida desde luego que aquella con la que he comenzado. Sin embargo, reconozco más personal, que atraviesa un camino aciago que una persona habrá un momento que tendrá que recorrer.

La película de Martin Scorsese responde a esta aridez. Scorsese se despoja de su pasado. Renuncia a la música, a los grandes escenarios, a las composiciones con centenares de personajes, a la grandilocuencia, para centrarse en el viaje de uno mismo. Se desnuda en definitivas cuentas. Es un tipo de cine al que no nos tiene acostumbrados, al que nadie ya nos tiene acostumbrados, sin la música que separa una escena de otra, centrándose en el ser que se retuerce. La contradicción. La fotografía es inmensamente bella, los parajes sobrecogedores, las construcciones de un cuidado exquisito, y la pregunta es cómo en esos escenarios es posible el sufrimiento. Y por qué Dios no habla, aunque sea con un hilo musical. Silencio no es un entretenimiento cualquiera. No puede ser entendida como un entretenimiento cualquiera.

El expreso de Tokio. Seicho Matsumoto

Novela negra publicada en 1957. Dicen los críticos y expertos sobre el tema que se trató de una obra cumbre renovadora en la literatura japonesa de su época. Quizás. Hoy en día pasaría por una historia sorprendentemente sencilla, bastante predecible, llena de elementos básicos, digna de un autor novel, pero no de un novelista experimentado. Da la impresión de ladrillo. Me refiero, de piedra en la base del muro sobre la que sustentan las demás, el comienzo de una experimentación, con descripciones de cómo ha de ser un inspector y el trabajo policial incipientes, una trama muy bien cimentada sobre las matemáticas y cifras de una secuencia temporal basadas en los horarios de las líneas de tren y de avión, pero psicológicamente muy simple. No encontramos aquí esas largas parrafadas sobre las motivaciones que hallamos en autores actuales, no japoneses, como Lorenzo Silva u otros. Aunque lo que siempre llama la atención al leer una obra japonesa son las diferencias culturales. La trama comienza con una supuesta pareja de enamorados que ha decidido suicidarse. El libro lo trata como algo normal, hay cientos de casos. Y eso es lo que primero choca al leer una obra como esta, ¿cómo ha de ser la sociedad japonesa, cómo de distinta, para que el suicidio de una pareja de amantes, más que como una tragedia, se contemple como algo casi cotidiano y cuyo único daño a los seres (tanto parientes como amigos a su alrededor) es la vergüenza y el escarnio?

Cuentos de Tokio

Leí en algún lado que varias clasificaciones situaban “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasujiro Ozu como una de las mejores películas de la historia, si no la mejor. Intrigado me puse a verla y confirmé lo que ya sabía: que los críticos ensalzan títulos que el común de los mortales quitarían a los diez minutos. No quiero decir que no sea bella, que no se trate de interés para antropólogos porque este tipo de cintas, al basarse en la realidad cotidiana, en concreto en la desconexión entre generaciones inmersas en el conflicto entre tradición y progreso, con el tiempo se convierten en testigos de una época. Las vestimentas, las costumbres, cómo eran las calles, cómo vivía la población, etc. Pero aburrida es para hartarse. Y simple. Aunque no puedo decir que no fuese revolucionaria. La palabra que un crítico, y un director gafapasta, emplearían para describir esta cinta es “sensibilidad”, y con ello se quedarían tan contentos. En cierto modo, observando “Cuentos de Tokio” uno descubre detalles en una obra de 1953 que los directores independientes de los ochenta y noventa como Jim Jarmusch imitaron hasta la saciedad. Planos fijos inamovibles con pretensiones poéticas, buscando dar una sensación de profundidad, de superación de las dos dimensiones, conversaciones anodinas pero que en conjunto adquieren forma, no hay grandes planes, no existen discursos, la verdadera trama y la tragedia (en este caso el desdén que los hijos urbanitas conceden a sus padres de pueblo) hay que identificarla en la acción de conjunto. En otras palabras, una película de 1953 se adelantó en casi treinta años al lenguaje habitual que usa el cine independiente.

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Estupor y temblores. Amelie Nothomb

estupor-300x235Para mi gusto “Estupor y temblores” es la gran novela sobre el Japón contemporáneo, visto desde los ojos de un extranjero. Está por ahí “Lost in Traslation” dentro del cine, pero “Estupor y Temblores” es más incisa, más profunda, más mordaz. Amelie Nothomb es una escritora que publica una novela por año que se alternan entre relatos autobiográficos y ficciones. Francamente, prefiero las primeras: “Metafísica de los tubos”, “De Eva y de Adán”, o “Estupor y temblores”. Amelie Nothomb no debería ser considerada una extranjera en Japón. Nació en Kobe como hija de un diplomático belga, pasó su más tierna infancia en Japón, después junto con su familia se movió por China, el subcontinente indio, Estados Unidos… y cuando sobrepasó la adolescencia y le tocó vivir por su cuenta volvió al país del sol naciente. Amelie Nothomb teóricamente es japonesa, habla perfectamente el japonés. Pero cuando es contratada por una importante mutinacional de ese país, historia que se narra en “Estupor y temblores”, resulta que tener el aspecto de una occidental y ser de la raza caucásica no ayuda. Y menos aún ser una mujer. Hay una frase en la novela que lo condensa todo: “Admiro a la mujer japonesa por su belleza, por su compostura, por su saber estar, pero sobre todo porque a pesar de sus circunstancias no se suicida”. Parafraseo de memoria, pero es algo así. “Estupor y temblores” te cambia tu visión sobre Japón. Prácticamente si quieres amar Japón, el Yamato real y no el de los mangas o los animes, tienes que leer “Estupor y temblores”. Todo lo demás es fantasía, es adorar un país imaginario.