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Relatos tempranos. Truman Capote

Según detalla la sinopsis y el propio título, este volumen enmarca una serie de cuentos y relatos breves escritos durante la adolescencia hasta los primeros años veinte del autor. El escritor, que posteriormente se volvería un personaje de culto, afila aquí sus artes y sus mañas. Los argumentos son bastante simples; quizás para una mente juvenil, y en una época en la que no estaban saturados de información, truculentos en algunos aspectos, pero hoy en día que pecan de ingenuidad. En algunos casos, con las primeras frases puede uno adivinar el trasunto de la trama. Aunque el valor de un libro como este se halla en el estilo, en comprobar que a tan tiernas edades Truman Capote ya apuntaba maneras de descriptor aguzado, con comparaciones lúcidas, creando sensaciones coloristas y sonoras sobre la trama. Una curiosidad, un divertimento, como preparativo para narraciones más arduas y comprometidas.

Intermedias

Conversaba con dos amigos acerca de una tercera amistad en común. Uno de ellos le pedía al otro si podía aconsejar al tercero no presente sobre su reciente amorío con una chica que, francamente, no le convenía. Es posesiva, manipuladora, pertenece a esa nueva hornada de jóvenes tanto ellos como ellas que emplean las nuevas tecnologías para controlarse mutuamente, y que conciben los celos como una manera de demostrar el amor. Él es muy inocente, nunca ha tenido novia, no ha conocido a nadie así, le van a hacer daño. La chica se cabrea a cada momento que no está con ella, a cada instante que desconoce con quién y dónde se encuentra. Para colmo nuestro amigo entra por todas, no le discute, trata de tranquilizarla, como nunca antes ha tenido novia le hace regalos caros, no se da a valer, permite que le pisotee. El otro día estuvo hasta las tres de la mañana tratando de calmar a la otra por un sofoco que le dio por un motivo tonto cuando a la mañana siguiente tenía que levantarse a las seis y media.

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Camuflaje de adulto

La conversación más interesante que he mantenido en los últimos tiempos me dejó con un concepto agridulce y al que no he parado de darle vueltas. La sociedad actual alarga la adolescencia, hasta límites insospechados. El sistema nos quiere adolescente eternos, incapaces de madurar, individuos conectados a la matriz de la sociedad de consumo. La cuestión que me surge entonces es, ¿qué es lo tengo que hacer para ser adulto? Para que mi apariencia de persona en la treintena no se contemple como un simple camuflaje de algo que no soy, para esconder a lo mejor lo que sigo siendo: un niñato constante.

Exactamente, ¿qué me haría adulto? Pudieramos decir: sentar la cabeza, preocuparme por llegar a fin de mes, contratar una hipoteca, sufragarla, casarme, tener hijos, procurar que se crien adecuadamente, que se hagan personas de provecho. Pero, ¿y si no quiero tener hijos? ¿Y si me quedo en paro el resto de lo que me queda de existencia porque la situación económica no es la adecuada? Y la ansiedad que te entra porque cuando tenías treinta años solo habías cotizado año y medio.

A lo mejor eso es lo que significa ser adulto, preocuparse por el futuro, y no solo por el aquí y ahora. Dejar de ser punk, no solo en el sentido de enfilar crestas en el pelo, sino de abandonar la filosofía “No hay futuro, carpe diem, disfruta el día de hoy como si mañana una onda de rayos gamma de más allá de Orión nos fuera a aniquilar”. No obstante, trato de ser adulto, me agobio por la jubilación, porque no tengo pareja estable, porque me hago viejo y sigo solo. Sin embargo, estos pensamientos no surgen ahora. Estas ideas eran las que cavilaba cuando de adolescente y encerrado en el instituto, inmerso en la burbuja, cuando me enamoriscaba de esa chica y me decía “Con esa me voy a casar, y tendré quince críos, estudiaré arquitectura, y ella ingeniería, montaremos un estudio, y ganaremos un pastón”. Resulta que me hago mayor, he tenido oportunidades de conseguirlo y las rechacé. No cuajaban con mi personalidad. No eran mi cosa de adulto, sino de lo que me dejé imbuir de adolescente.

Vale, de acuerdo, cosas de aldulto. Somos adultos conforme aprendemos a empatizar con los demás, conforme nos adaptamos a la sociedad que nos rodea, conforme nos convertimos en buenos ciudadanos, toleramos con las convergencias (pero siempre que no vayan en contra de la base inamovible) y dejamos los egoísmos infantiles a un lado. Dejo de ser adulto cuando me dejo llevar por el mero capricho, cuando hipoteco mi existencia por algo que no me es imprescindible, cuando obligo a otra persona a ser quien no es o a hacer algo que no quiera, cuando hago como que le escucho pero no le escucho, porque finalmente trato de conducirle por donde he dispuesto. Muy bien, firmo. Esto podría ser un posible camino de la adultez.

Ahora bien, el ser adulto, ¿anula los deseos que tengamos? No, porque en definitiva, continúo mañana, ser adultos es dejarse guiar por el deseo coherente.

La posibilidad de la magia

Decía Giorgio Agamben, a través de una dudosa referencia a Walter Benjamin, que los niños se sienten frustrados de sus mayores por no ser capaces de hacer magia. A esto cabe contraponer el pensamiento de los empiristas ingleses del siglo XVIII que opinaban que los niños creen en la magia porque no son lo suficientemente adultos para distinguirla de lo real. En esta disyuntiva prefiero situarme del lado de los primeros. Los infantes son perfectamente capaces de identificar lo real, es lo que contemplan cada día, y la magia es la posibilidad irrealizada, son los límites del universo cognoscible, la frustración por no poder ir más allá. Por lo tanto, en palabras de Agamben, nada hace más feliz a un niño que la magia. La pasión por los dinosaurios, es decir, por seres tan grandes como edificios, al menos mucho mayores de los que existen en la actualidad. El interés por los animales que hablan, o dicho de otro modo, por criaturas irracionales y limitadas que acogen cualidades humanas. La búsqueda de entidades mágicas, tipo gnomos, elfos, hadas, orcos, goblins, que oponer al ser humano y demostrarle así que no es el único ser racional sobre la creación. La inmensa frustración que va a acometiendo al ser que se desplaza hacia la madurez porque todo esto aparentemente no existe.

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Vivir es fácil con los ojos cerrados

Película sorprendentemente pueril teniendo en cuenta todo lo que ha conseguido, las nominaciones a los premios Goya, las múltiples menciones en prensa, radio y televisión, que fuera designada como candidata española a los Óscar en su año. Vamos, que si apuramos y reducimos aunque solo sea un ápice la carga dramática que el personaje del profesor lleva detrás nos puede salir perfectamente una historia juvenil. Los dos adolescentes incomprendidos en sus hogares, que cogen la maleta y carretera y manta, y tienen la fortuna de toparse en su camino con un maestro algo chalado aficionado a John Lennon. Por supuesto, tiene su parte de denuncia, lo negativo de los tiempos de Franco, la falta de libertad en ocasiones para decidir uno su propio destino. Pero no deja de resultar chocante que se denuncie el franquismo, y sin embargo no lo hace con los sueños de libertad acompañados de consumismo que el imperialismo trae implícitos.

En resumen, en mi opinión, un título que únicamente se sostiene a base de mitomanía. John Lennon, los felices tiempos de los inicios del cine en Almería. Hablando de Almería, y ahora que estoy aquí, la película es recomendable solo por recordar los viejos tiempos del cine, antes de los invernaderos y de la burbuja inmobiliaria. Aunque, si se trata de añoranza y de mitomanía cinéfila, mucho mejor que “Vivir es fácil con los ojos cerrados” el siguiente documental:

Si los paisajes hablasen

Una duda existencial

A ver si la resuelvo porque me va a estallar la cabeza. Si resulta que me gusta la música trance, dance, tecno, etc., pero no soporto el reggaeton ni otros ritmos latinos, ¿se debe a mi naturaleza, a la particular composición de mi oído? ¿O a la época en la que nací? Porque vaya si son pesados mis alumnos con el dichoso soniquete, estilo por cierto que no existía en mis tiempos. Aunque después está mi vecina de más o menos mi edad que también es profesora y que como una adolescente no alberga compasión a la hora de llenar su apartamento, y por contacto del mismo modo el mio, de la melodía infernal. ¿Es que no se cansa? Horas y horas con el mismo ritmo machacón. ¿Es que no le podría gustar, qué sé yo, otros tipos de sintonías con variaciones, con cambios de ritmo que permitan descansar, respirar? Porque el reggaeton es un continuo sin parar. Y dale, y dale, y otra vez a lo mismo, el puñetero ritmo interminable como si se iniciara un ciclo. Sencillamente no hay derecho. Es que si voy a la discoteca y ponen reggaeton la culpa es mía por insistir en estar allí, por masoquista. Pero en mi espacio privado donde pienso, existo, elaboro, compongo… es que no hay escapatoria, no puedo ir a ninguna parte y siento cómo el cerebro se me reblandece sin ser capaz de evitarlo. Y no puedo dejar de pensar: ¿es a causa de mi naturaleza, o como consecuencia de la época en la que crecí?

Requisitos para ser una persona normal

Escribo esta entrada escuchando a Vicky Larraz, la primera cantante de Olé Olé. “Requisitos para ser una persona normal”, película de la realizadora española Leticia Dolera que ella misma protagoniza. Disculpen si me equivoco pero me parece que es la primera vez que se toca el tema de la normalidad en el cine español, no obstante una tradición tan norteamericana. Por rememorar ahora mismo, una mítica de los 80, “Revenge of the Nerds”, y otra más reciente que ha conseguido una legión de fans a sus espaldas: “The Perks of Being a Wallflower” (Las ventajas de ser un marginado). Sobre “Revenge of the Nerds” es un completo desmadre, así como probablemente la que reivindicó y con la que nació el fenómeno “Nerd”, y probablemente también el “Geek”, que aquí con ciertas variantes conocemos como frikismo, aunque por las Américas la palabra “Freak” presenta otras connotaciones.

Respecto a “Las ventajas de ser un marginado”, no habla tanto de la normalidad, pero sí de ser una persona aceptada en un entorno social, etc. Película para adolescentes, con ciertos toques emo, con algún que otro suicidio de por medio, la dureza de creer que todo lo que te rodea es lo único que te vas a encontrar en la vida, de sumergirte en la burbuja y que no te guste. No obstante, respecto a este título creo que alberga en sí una traición al espíritu que pretende enmarcar, porque el protagonista se cura de ser un marginado codeándose con el éxito social, no se da cuenta de que el problema no está en ser como es sino en lo que desea, en no aceptarse a sí mismo y ponerse a buscar a aquellos que parecen tenerlo todo y no que le aceptan por lo que es.

Ahora sí, hablando de la cinta de Leticia Dolera, película para treintañeros y tardoveinteañeros, y no para adolescentes, que es consecuente con lo que quiere contar, preguntarse por si uno es una persona normal, sobre qué significa esta condición, acerca de la importancia de encajar, y al final darse cuenta que mientras tú estés bien qué importa lo que digan y lo que se diga sobre lo que significa ser una persona normal. Película romántica, amable y, toda una proeza en el cine español, sin escenas de sexo explícito. Francamente, no hacen falta. Título de la realizadora Leticia Dolera que se embarca en una aventura rodeándose de una melodía y estética indie pop, casi se pudiera decir continuadora de “Los fresones rebeldes”, en plena nostalgia ochentera pero redundando en un minimalismo feminizado de colores suaves, matices nórdicos de Ikea (nunca mejor dicho) y poéticas posmodernas rayando en lo hipster.

Bueno, dejándome de palabrería pretenciosa, en resumen, para terminar, una película recomendable para ver solo, en pareja, en grupo, y para autoafianzarse.