Archivo de la etiqueta: Literatura

Los disparos del cazador. Rafael Chirbes

Rafael Chirbes es un autor de una gran capacidad de despliegue. Acepto críticas en este sentido en cuanto a que solo he echado mano de dos de sus obras, la presente que adjetivo y “Crematorio”.

Como no puedo comparar con terceras, las coincidencias entre ambos títulos son palpables y me hacen definir: Chirbes escribe desplegando. Primera persona, discurso arrollador, frase a frase, cada oración es una sentencia, declama un rasgo definitorio del personaje que discurre. Chirbes no concibe la estructura de la novela con anterioridad, sino que la forja conforme su pluma rasga el papel. Cada frase conduce a la siguiente, y es una consecuencia inmediata de la anterior. En este proceso, toda oración resulta necesaria, nada es superfluo. Chirbes es un gran empatista, un solemne definidor de caracteres. Incluso en sus contradicciones Chirbes acierta. En cierto momento la piedad y la compasión hacen mella del protagonista, recuerda a ciertos sujetos de pasado con cariño, hasta con comprensión. Pero después es duro, mezquino, destructivo. Chirbes no redacta sus obras con una estructura previa, sino con personajes previos. Sabe como quiere que estos sean, los tiene perfectamente conformados en su cabeza, y el discurso, el devenir de la novela, es ante todo despliegue.

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El vendedor de pasados. José Eduardo Agualusa

Una lectura fragante, repleta de colorido y de sabores. Pasas las páginas y las remembranzas brotan, desde un mundo en el que nunca has vivido pero en el que podrías haberlo hecho, de aroma a fruta fresca, a jugos de los trópicos, a calor y a la humedad bajo los mangos, a canícula y a sombra providencial. Novela surtida de resplandores exuberantes, de historias que se desarrollan y extienden como las raíces de un árbol gigante, de pasados inventados pero que se vuelven reales, de recuerdos insertados porque son más intrincados y hermosos que la propia realidad. “El vendedor de pasados” no es una obra de grandes escenarios. Todo se enlaza y desenlaza en una única sala, un único salón desde donde un réptil en primera persona observa. El lenguaje es evocador con matices sutiles, con descripciones escuetas pero que de repente se enriquecen con metáforas ligeras y sugerentes, como la languidez de una mulata. Algo tiene de mágico “El vendedor de pasados” que se respira la atmósfera, que nunca antes había pensado en residir en Angola, mas de pronto es como si hubiera estado allí. Puede ser que porque todas las sombras bajo el sol tórrido protegen la misma esencia, de sencillez, de nostalgia, de acumulación de enseres y de recuerdos. La novela se enmarca en un presente no demasiado lejano, sin embargo como si estuviera describiendo un universo surgido hace cincuenta años. La calidad de esta novela se reconoce es que nos vende un presente como si fuera un pasado.

El malentendido. Albert Camus

Obra de teatro que se lee como una novela corta. De lenguaje recursivo, empalagoso a ratos, sorprendentemente decimonónico para un premio Nobel del siglo XX, con conversaciones sobrecargadas de largas intervenciones y de soliloquios.

Sobre el lenguaje, que no llama la atención, lo que merece la pena resaltar es la trama que es inquietante y repleta de angustia. Prácticamente desde el primer acto y medio se adivina cuál va a ser el guión general y cuál va a ser el final. Aún de este modo engancha. Uno dice: No puedo creer que vaya a suceder así, no puedo aceptar que se enzarce en ocurrir de ese modo, no puedo concebir que la conclusión sea la que me imagino. La obra te agarra, no te deja soltarla. De algún modo es la esperanza de equivocarte lo que te hace proseguir, leyéndola con el texto en la mano, u observándola representada en la butaca. Esa esperanza a que el argumento se desarrolle de un modo distinto no desaparece por mil veces que la leas o que asistas al teatro, pugnando, rezando, porque de repente la narración cambie, porque la tragedia no acabe siendo una tragedia. ¿Y por qué no? ¿Qué es lo que lo impide? El miedo, el terror al absurdo existencial. El pánico a que todo sea una mentira, una ficción. Los resquemores que en el yo este document despierta. Estoy bien, pero podría dejar de estarlo; vivo en un mundo cómodo, pero cabe la posibilidad de que no sea más que un engaño; tengo deseos, pero perfectamente podría transmutarlos por otros; tengo la esperanza de que mis desvelos me lleven por el sendero de la fortuna, mas ¿y si surge que me topo de bruces con una bifurcación? O con un callejón sin salida. Estoy vivo, existo. Ahora bien, eso, ¿qué significa?

Dioses, tumbas y sabios. C W Ceram

El propio autor de este libro indica en la introducción que su propósito fue escribir el equivalente de “Cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, en el campo de la arqueología. Esto es, un libro de divulgación sobre los doctos, los sabios, los aventureros, que han permitido el redescubrimiento de las civilizaciones pretéritas, escrito en un lenguaje ameno, que interese y no aburra, que no redunde en largas y farragosas listas de términos, de fechas, sino que haga hincapié en el logro, en el milagro científico, que supuso por ejemplo en su día el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, o el hallazgo de la cámara funeraria casi intacta de Tutankamón. Tras el desenterramiento de la máscara del joven faraón hubo un montón de trabajo, un sinfín de precedentes, el surgimiento de nuevas ideas, de una nueva manera de entender y de respetar el pasado no como cantera, ni de reserva de oro para fundirlo, sino como patrimonio. Este libro se escribio como homenaje a todo ese desarrollo oculto tras la parafernalia de los grandes hallazgos.

El final de la historia. Lydia Davis

Decía Lydia Davis, una famosa escritora de cuentos y relatos cortos, que de pasarse a la novela, su referente sería Sebald. Pues bien, compuso una novela titulada “El final de la historia” y hasta cierto punto su referente e inspiración ha sido W. G. Sebald. Novelista ya fallecido, uno de los autores más conocidos de la última década del siglo XX, con obras como Austerlitz o Los anillos de Saturno. La trama de sus escritos es marcadamente autobiográfica, o al menos el tono con el que escribe hace suponer que esté hablando de su propia biografía, en primera persona, interponiéndose como un protagonista de lo que observa. Sebald no organizaba sus textos en torno a capítulos, no rompía el discurso con una numeración o unos títulos. Sus descripciones se desarrollaban una detrás de otra sin guiones ni espacios en blanco. Era casi rapsódico. Se ponía a debatir tan pronto de la impresión que le habían producido los clientes de un hotel, como pasaba a describir acerca de la historia de un antiguo soldado que en su día habitó en ese hotel, como hacía alarde de erudición parlando de historia del arte informando sobre el arquitecto y los decoradores que construyeron ese edificio u otro de las cercanías. Y todo eso sin separaciones, de corrido, acompañando de fotografías. Saltaba de tiempo en tiempo, de época en época, sin un orden preciso. Únicamente guiándose por lo que requiriera la narración. El resultado era la constitución de una lectura minoritaria, prácticamente sin trama, sin un propósito, por el simple placer de la lectura. Como leer los pensamientos de un viajero, como imaginarse lo que puede estar discurriendo una persona sumida en sus sueños que dormita en el asiento de al lado en el tren. La función de la obra de Sebald era, más que narrar una historia, reconocerse en aquello que se describe.

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Don Quijote en el exilio. Peter Furst

La población del mundo durante la Segunda Guerra Mundial era de 2500 millones de habitantes. Con que solo uno de cada 50.000 perteneciera a un mundo lo suficientemente civilizado y acomodado como para saber leer y escribir, hubiese sido lo suficientemente afortunado para sobrevivir (condición en ocasiones no indispensable), así como poseyese ese resquemor interno que insufla deseos de narrar lo que aconteció, tenemos cincuenta mil relatos distintos y variopintos sobre la II Guerra Mundial, los suficientes como para llenar los días de una vida. Los hay de todo tipo. De los soldados de cualquier frente, de los civiles que sufrieron penurias, de las minorías que padecieron persecuciones y exterminio. “Don Quijote en el exilio” es la autobiografía de un alemán descendiente de judíos que tuvo la cautela, o las amistades pertinentes, que le permitieron huir de Alemania antes de que todo comenzara. Recaló en España, fue testigo del estallido de la Guerra Civil, se marchó del país, fue corresponsal de guerra desde la comodidad de un café vienés… La historia de “don Pedro” es, dentro de las cincuenta mil líneas narrativas que conforman el universo autodocumentado del mayor conflicto hasta el momento, una narración de la retaguardia, configurado por alguien cuyo origen e identidad suponía un peligro, pero que contó con los apoyos necesarios para que ese riesgo no fuera tan elevado como el de un soldado en la trinchera o el de un marcado en el ghetto. Don Pedro recorre los trenes de toda Europa: España, Viena, Yugoslavia, París… Termina marchando a la República Dominicana. Su historia es la de un superviviente, no la de un luchador; describe, rara vez denuncia. Los personajes variopintos se van sucediendo. El mundo se tiñe de oscuro, se entenebrece, se vuelve gris, pero nunca negro. Su transcurso rodea las zonas de combate, no las atraviesa. Europa arde, pero no se desmorona del todo. Entre las ruinas se debate don Pedro. Y donde quiera que va encuentra a aquellos que reconstruirán el mundo tras la debacle. Un libro no tanto dedicado a las víctimas como a los supervivientes. Una lectura paralela a los hechos bélicos. La II Guerra Mundial no solo fueron batallas o campos de concentración, también soñadores exiliados que rodearon su país sin jamás volver a pisarlo.