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Ética vs adaptación

“El hombre de las mil caras”, película de Alberto Rodríguez, del que ya se podría decir que es el gran renovador del cine español a base de noir y un brutalismo descarnado. El título está basado en hechos reales, algo que ya es Historia, forma parte del relato de este país, los sucesos relacionados con la intervención de Francisco Paesa en la detención de Luis Roldán, uno de los grandes engaños y polémicas que ha sufrido España en la historia reciente. Dotada de un ritmo que engancha desde el principio, en lo que podría considerarse, más que una ficción o una película de cine en sí, un documental, al estilo de Spotlight, no obstante sin la sensiblería típica estadounidense, compuesta a base de rock and roll tecnificado y machacón, música que es empleada como contraste. Esos señores tan trajeados y repeinados, en esas urdimbres tan complejas y sofisticadas, pero a la vez respondiendo a unos instintos insultantemente primarios y bajos.

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Tarde para la ira

Un noir español muy recomendable. Otro título más que demuestra que el cine negro, criminal, policíaco, carcelario… es, en los últimos tiempos, y salvo contadas excepciones, aquel que aúna mejor a crítica, público, y a gente de las diversas ideologías en España. La trama es sencilla. Un proceso, un desarrollo lineal, una serie de descubrimientos y de actos en crecimiento exponencial. Antonio de la Torre lo borda con su inexpresividad. Si los americanos tienen a Jack Nicholson para hacer de loco, nosotros a De la Torre para hallar a alguien de quien no se sabe lo que piensa, un espejo opaco. Su imagen ensangrentada y con la escopeta de caza podría llegar a ser comparable al asesino de La matanza de Texas con la motosierra y la máscara de Hockey. La gran virtud de la cinta es precisamente esa incertidumbre a causa de su inexpresividad. ¿De verdad lo va a hacer? ¿Después de lo que ha escuchado, de lo que ha oído, de lo que ha sentido? ¿Del tiempo que ha transcurrido? ¿Prescriben realmente los crímenes? ¿La existencia cotidiana puede hacer olvidarnos el mal pasado? En resumen. Tarde para la ira, tarde ya para que sea candidata a los Óscar, pero podría serlo para la siguiente edición.

Ignacio Escolar. 31 noches

Los españoles no sabemos lo que es la verdadera delincuencia organizada, como se las gastan al otro lado del océano, el horror de ser una víctima, que te vayan a ajusticiar y te encuentres maniatado y amordazado en una habitación en frente de una cuba llena de ácido. Esa es la base de la novela de Ignacio Escolar, un periodista demasiado confiado que se interna en los bajos altos fondos de las discotecas madrileñas y que se horroriza y se espanta ante todo lo que ve y observa. Le engañan, no le dejan de dar mil vueltas, gañanes, gente sin moral, sin más inteligencia que la de embaucar a los que le rodean. La novela es corta, bien tramada, fácil de leer, interesante. Quizás como apunte que esté redactada desde un punto de vista bienpensante, de alguien que no concibe que pueda haber mal en esta sociedad, personajes maquiavélicos y sin escrúpulos, y que francamente actúa desde el olvido absoluto de la historia. La naturaleza humana está ahí, en este país hemos vivido situaciones peores que un cubo de ácido, solamente contemplar “Los desastres de la guerra”. En este contexto, Ignacio Escolar actúa desde la ingenuidad, de aquella que es incapaz de contemplar de lo que somos capaces, o que vende como novedad cuando no lo es de lo que somos capaces.

The Man from U.N.C.L.E.

U “Operación UNCLE” en castellano. El nombre es lo de menos. En estos tiempos en que James Bond ya no es James Bond sino Jason Bourne, en que el agente secreto más famoso del siglo XX ha dejado de ser sofisticado para convertirse en un bruto con cara de mono, en que el excesivo realismo que prepondera en el cine actual se ha cargado el aliciente de sensualidad, de refinamiento del sugerente pero malévolo mundo de los archimillonarios, el panorama elegante y cosmopolita de los casinos, de las pistas de carreras, y de las fiestas de alto copete y de la jet set, la última cinta de Guy Ritchie (Snatch, cerdos y diamantes), uno de los tantos directores de culto actuales, recupera el ambiente perdido. Y logra el milagro que las últimas películas de James Bond, al menos desde que Daniel Craig es el protagonista, y puede que también las dos últimas de Pierce Brosnan, no ha conseguido: aunar realismo, verosimilitud en las escenas de acción y lucha, con el glamour anticuado pero tan llamativo del original James Bond.

Por supuesto la cinta tiene fallos, excesivo peso de algunas escenas, otras que hubieran requerido de más metraje. Sin embargo, la maestría de Guy Ritchie logra aportar valores que no recuerdo de ninguna cinta de James Bond, como la capacidad de coordinar historias paralelas, de ahondar en las motivaciones de los personajes, camaradería, de introducir elementos de humor absurdo, y esa “circular story” que deja los pelos de punta.

Aparte que suena muy bien. Banda sonora de Daniel Pemberton, absolutamente sin desmerecer de las canciones de entrada de James Bond y donde el compositor bebe de un sinfín de fuentes nostálgicas de tal manera que no sabes si se ha inspirado de Ennio Morricone, de Metallica, o de The House of Rising Sun.

Dead Man. Jim Jarmusch

Dead Man es un western atípico rodado en blanco y negro por uno de los grandes nombres del cine independiente, Jim Jarmusch, protagonizada por Johnny Depp y con banda sonora a base de guitarras acústicas de Neil Young. Dead Man es tildada de lenta, como es lo típico en el cine independiente, por ello no será del gusto de muchos. Aún así, para aquellos que todavía no hayan dejado de leer, Dead Man arranca con un comienzo vibrante y bastante bueno, que recuerda un poco a Brazil, de Terry Gilliam, en el sentido de que un error burocrático, un fallo de la maquinaria del destino, condena a un ser anodino, en este caso representado por Johnny Depp, en un camino directo hacia el infierno, con la diferencia de que si en Brazil el personaje se concibe como un héroe en pos de la libertad, en Dead Man William Blake es consciente de su transición hacia la barbarie y el salvajismo. Se aparta de la sociedad, de lo que es el mundo civilizado, se adentra en el paganismo, en el reino de la espiritualidad primitiva.

He dicho, el comienzo es muy bueno. Sobre el resto de la película, si ustedes no son de esos que gustan de la lentitud del cine indie, les recomiendo, algo que no haría con otro tipo de películas, que se lean previamente el argumento. Mejor dicho, que conozcan de antemano todas las referencias literarias a la obra de William Blake (que se llama igual que el protagonista y que es un poeta del siglo XVIII) que emplea el director. Y con esto no se encontrarán destripando la película, sino asegurando que la comprenderán en su justa medida, y disfrutarán de las interpretaciones y de todos los mensajes vedados y ocultos con los que cuenta este tipo de cine.

Surcos

La ciudad no respeta los valores del humilde campesino español. Es una jungla demasiado dura. La honradez, la decencia, la consideración, parecen estar de más, cualquiera les engaña, hay intereses demasiado enrevesados. La fascinación que pueda tener uno por lo urbano juega en contra. El amor que puedas sentir por el lujo, por la ganancia fácil, por las promesas de buscar un futuro mejor, son como el bisbiseo de una serpiente que te engaña, que te encierra en lo metropolitano, que te condena a una espiral de vergüenza y demencia hacia lo más bajo.

Surcos es una película española de 1951 en plena posguerra. Filmada con la intención de detener el imparable éxodo rural que creaba masas marginadas en la periferia de ciudades como Madrid o Barcelona, y condenaba al campo al abandono y al ostracismo, se trató en principio de una película política destinada a influir en aquellos que pensaban en emigrar. La censura no la atacó, precisamente se buscaba que fuera dura, que retratara con pasmo y certeza toda la suerte de rapiñerías y picaresca que se vivía en la calle. De aquí que, sin quererlo ni beberlo, Surcos se convirtiera en una excepción dentro del cine español de la época, en una rareza, y a la vez en una maravilla que todavía sorprende, en uno de los primeros ejemplos de neorrealismo español. La veo con mi madre que no vivió en esa época, sino en otra unas décadas posterior, y aun así me comenta: “Es que la realidad era así, es que los pobres acudían a la urbe con más esperanza que idea bajo el brazo, y sin saber lo que era el mundo de tal manera que cualquier hijo de vecino les engañaba”. De aquí que para los cinéfilos e historiadores sea una película recomendable, quizás únicamente deslavazada porque el sonido ha perdido calidad con los años, pero en cualquier caso una trama que engancha a pesar de las décadas transcurridas.

El padrino. Mario Puzo

Casualmente ayer que terminé de leer “El Padrino”, de Mario Puzo, coincidió con la noticia de Francis Ford Coppola galardonado con el Princesa de Asturias de las Artes. La crítica de una obra como esta va indiscutiblemente ligada con la opinión que se tenga sobre la película, así como al debate sobre libros que fueron mejores que sus adaptaciones al cine, o viceversa. Esto último se trata de una díficil disquisición. Normalmente el libro es mejor que la película, pero hay excepciones, como Blade Runner, Big Fish, o en este caso El Padrino. Sobre lo que hace que una película sea mejor que un libro es una cuestión que a veces es subjetiva. Incluso en ocasiones he llegado a pensar que el ver una película antes que leer el libro, o la novela antes que su adaptación, me ha hecho decantarme por lo que observé primero. No obstante, eso no ocurrió con “El nombre de la rosa”. La obra de umberto Eco es mucho mejor que su adaptación, y vi la cinta antes que leer el libro. Y eso me llega a disponer como criterio para juzgar esta dualidad entre literatura y cine sobre lo que cada una ofrece.

Por ejemplo, El padrino película, una obra maestra, de ritmo perfecto, que no cansa, no agota, creadora de ambientes, que te inserta magníficamente en ese mundo del hampa con la oscuridad, la luz, el mobiliario, las relaciones entre los personajes, las portentosas interpretaciones. La novela de Mario Puzo prácticamente cuenta lo que se ve en la cinta. Y sobre la novela decir que Puzo es un escritor correcto, pero no sensacional. Describe personajes, escenas y escenarios de una manera correcta, pero no novedosa; se limita a relatar, su escritura no innova, no ofrece colores, aires nuevos, no hace que sientas el latido de ese mundo. Es más bien una descripción seca. A pesar de que su novela se publicó antes que se estrenase la película, y de hecho el participó como co-guionista, te da la sensación como si fuera uno de esos libros que se escriben no antes sino después de estrenado el título en el cine, como los que se han redactado de “La Guerra de las Galaxias”, y que se publican casi como apéndice, para extender un poco más sobre la historia de los personajes ya que el formato del cine es limitado mientras que en una novela es posible explayarse. Y ese es el único valor que le veo a “El padrino” novela que la diferencia de la película. Si quieres adentrarte más en ese mundo, profundizar en lo que sucedió, de dónde viene Don Corleone, o Michael, Johnny Fontane o su esposa Kay Adams, perfecto. Pero, lo dicho, no mucho más.