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La ciudad perdida de Z

El cine se ha dejado inspirar por los hechos reales y ha creado mitos de ficción. La pregunta es, ahora que parece que la imaginación se ha agotado, si los personajes reales que inspiraron dichos mitos alcanzarán la misma sonoridad transportados al celuloide. Indiana Jones y Percy Fawcett. El segundo es un personaje histórico. Se enfrentó a la selva, a los mosquitos, a las serpientes, se las vio con tribus indígenas que a menudo recelaban de los recién llegados, tuvo que enfrentarse al hambre, a la enfermedad, a la locura. No obstante, no resulta tan espectacular como Indiana Jones. A fin de cuentas, se trató de un personaje real. Cuando los personajes reales mueren no suenan las campanas celestiales, no acuden los ángeles divinos a acogerlo, su cuerpo se vuelve frío, y punto. Que una serpiente venenosa y letal se te deslice por entre las piernas puede llegar a ser un momento crucial y definitivo en tu existencia; que una tribu de indígenas con sus primitivas costumbres te acoja es un milagro que pocos han vivido. Aún de este modo, no resulta tan impresionante como un hechicero que arranca el corazón a sus víctimas aún vivas con las manos. La falta de ideas de la industria del cine rescata a los personajes legendarios. Pero las leyendas a menudo se forjan no tanto en la realidad como en la imaginación de las gentes, en las narraciones posteriores. “La Ciudad perdida de Z” es una película entretenida, que mantiene el pulso, aunque, hay que avisar, de un ritmo lento como corresponde a una peripecia real, que refleja el hambre, el tedio, el silencio y la desesperación del desierto verde, todo es igual, todo es cansinamente verde y monótono, con unos pocos momentos de brío y acción trepidante, y ninguna víctima de manos del protagonista. No es Indiana Jones, y menos mal que no es Indiana Jones.

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Dioses, tumbas y sabios. C W Ceram

El propio autor de este libro indica en la introducción que su propósito fue escribir el equivalente de “Cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, en el campo de la arqueología. Esto es, un libro de divulgación sobre los doctos, los sabios, los aventureros, que han permitido el redescubrimiento de las civilizaciones pretéritas, escrito en un lenguaje ameno, que interese y no aburra, que no redunde en largas y farragosas listas de términos, de fechas, sino que haga hincapié en el logro, en el milagro científico, que supuso por ejemplo en su día el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, o el hallazgo de la cámara funeraria casi intacta de Tutankamón. Tras el desenterramiento de la máscara del joven faraón hubo un montón de trabajo, un sinfín de precedentes, el surgimiento de nuevas ideas, de una nueva manera de entender y de respetar el pasado no como cantera, ni de reserva de oro para fundirlo, sino como patrimonio. Este libro se escribio como homenaje a todo ese desarrollo oculto tras la parafernalia de los grandes hallazgos.

El bar. Alex de la Iglesia

Me ha gustado. Podría haberme gustado más. Mirando las críticas en los distintos medios, muchos autores recalcan como error garrafal el último cuarto de hora. Coincido en el trasunto, aunque no en las conclusiones sobre por qué ese tercio final resulta enervante. Hay quien habla de agotamiento de un tipo de cine, de la decadencia de un gran cineasta. Prefiero estar de acuerdo con aquellos que esgrimen más bien que al guión le han faltado horas, tiempo de reflexión y de desarrollo.

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Los siete hijos de Simenon. Ramón Díaz Eterovic

Segundo libro del detective Heredia que leo tras “Muchos gatos para un solo crimen”. Los detectives no son superhéroes sino seres de carne y hueso. En Heredia hay mucho de Humphrey Bogart. Detective noir típico, con éxito entre las mujeres (a excepción de las que él desea), con un pasado atípico que lo ha marcado, invadido frecuentemente por la amargura, un investigador culto con frases para cada ocasión, capaz de pronunciar discursos grandilocuentes sobre lo vacuo, efímero y egocéntrico de la condición humana, con un cierto descreimiento y desesperanza en la bondad de la sociedad, sin embargo cuestiones que no le impiden cumplir con su cometido incorruptible y llegar al fondo del asunto. La narración del caso se confunde con demasiados otros trasfondos que como es común solo empiezan a resolverse hacia el tramo final. Si acaso un detalle que diferencia y distingue a este detective Heredia de otros es que posee un gato blanco, Simenon, con el que imagina que conversa y comparte datos del trasunto. Viva Simenon. Adoramos a Simenon. Como dijo Jacques Cocteau: “Prefiero los gatos a los perros porque no hay gatos policías”.

Premoniciones/Intuiciones

– Vas demasiado aprisa- se queja la mujer en el asiento del copiloto.

– Perdona, no me he dado cuenta.

– Heriberto, ¿has bebido? Te noto más precipitado al volante.

– No, no he tomado gota. Solo que… supongo que estoy un poco nervioso.

La mujer sonríe y le acaricia suavemente la rodilla. Es atractiva, en mitad de la treintena, delgada, los pechos como el trasero pequeños y redondos, el pelo liso, teñido de castaño cobrizo, cortado sobre los hombros, el rostro ovalado y los ojos almendrados. En esos momentos se dispone ataviada con vaqueros, zapatos negros con tacón ancho y una blusa gris oscuro.

– Yo también lo estoy. No te vayas a creer que hago esto todos los días.

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Muchos gatos para un solo crimen. Ramón Díaz Eterovic

Volumen de corta distancia que integra tres cuentos cortos y un ensayo sobre el detective Heredia y su gato Simenón. Previamente no conocía a Ramón Díaz Eterovic, ni al detective Heredia. Con lo poco que he leído de ellos no sería lícito llegar a una conclusión. Pero como primera impresión el detective Heredia es un investigador sobrio, cabal, como debe serlo el propio escritor, poco dado a rimbombancias ni a barrosquismos. De resultas he hallado en un escritor chileno lo que hacía tanto tiempo andaba buscando en la literatura negra española, un autor que fuera directo al grano, con un estilo de redacción llano, sencillo, exento de aspavientos, que llame las cosas por su nombre, con el crimen como protagonista sin recargar la escena de metáforas insufribles e innecesarias. Al pan pan y al vino vino. Así como un detective humano, de término medio, que sobrevive y no lo hace invadido de amargura y de rencor como otros. Una lectura recomendable, para el día a día. En resumidas cuentas, el preámbulo perfecto para introducirse en la serie del Detective Heredia y en la obra de Díaz Eterovic.