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Ballena

Un motivo para levantarme de la cama, 

tan sencillo y 

tan difícil 

como eso, 

algo que desaliente el desaliento, 

que engañe al desengaño, 

que hilvane hilo al nihilismo; 

seguiré respirando por inercia, 

mirando al techo por reparo, 

la mente en blanco por sistema, 

en mi habitación repleta de recuerdos,

pero a quien lo ha visto todo, 

¿que le queda?

Asfixiándose tal cual ballena varada.

Buena memoria

Puedo viajar y viajo. Lo hago por placer, no por necesidad. En esto me distingo por ejemplo de mis abuelos y de otros antepasados que no alcanzaron a residir en esta época de conformismo y comodidad. Si me he desplazado no ha sido forzado por las circunstancias, ni como emigrante en pos de mejorar mis condiciones, para poder alimentar a mi familia, para sobrevivir.  No me he visto en la tesitura de ser perseguido o vilipendiado. Tampoco nadie me ha exiliado, me ha expulsado de mi casa. Simplemente tengo un coche y he decidido moverme por sistema. Y curiosamente, yo que puedo viajar, he elegido como destino los parajes de los que mi ancestros tanto hubieran gustado escapar. El medio rural, la campiña, aquello lejos de lo urbano, el territorio despoblado y exento de estímulos. Lo exótico no me incita, no llama mi atención. He visto demasiadas revistas y documentales, y simplemente no me emocionan. Quizás se trate de esa sensación tan ampliamente compartida por tantos de mis coetáneos, de que me falta realidad. Lo exótico y lo novedoso no me emociona. Me ata el recuerdo, las remembranzas atávicas. La granja de mis abuelos, los gatos en el patio, los aperos de labranza en el doblado, las cochiqueras, los perros atados en la entrada, el huerto, el pozo, las encinas. El paisaje me ata.  Hay quien dice que es porque tengo muy buena memoria. Los seres con memoria encuentran la belleza en lo que han vivido, los individuos con mala han de buscarla en lo nuevo. No sé si será cierto, pero como Camilo José Cela no me hace falta viajar al extranjero. Me basta con lo que tengo alrededor.

El verano. Albert Camus

Estamos ante una recopilación de ensayos y artículos periodísticos de Albert Camus escritos entre la década de los treinta y principios de los cincuenta. Curiosamente ninguno de ellos trata específicamente sobre el verano. Pero se percibe y se destila un cierto aliento, un aroma y brisa en las palabras y en los temas que hacen sugerir que estos textos han sido escritos durante el verano, o al menos fueron redactados pensando en la etapa estival. La época del estío, la estación perfecta para relajarse cómodo y repanchigado en la silla de una terraza, para disfrutar confortablemente de la calidez nocturna y de los espectáculos. El tema de los artículos es muy dispar entre sí. Algunos son elucubraciones desaforadas, otros descripciones detalladas. Por recomendar, por lo menos echar un vistazo a los primeros textos que tratan sobre la vida en Orán. La lectura de esas treinta primeras páginas rebosa el alma de maravillas y de placidez tal cual el aire seco y raspante de desierto.