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Turista de masas

El turista viaja a los iconos de su infancia para deprimirse. Lo que en su época fue auténtico, con muebles avejentados, las cajoneras clasificadoras de cuando no había ordenadores, los camareros cumpliendo su función de acuerdo a las costumbres del lugar, los edificios a los que se dejaba envejecer por la lluvia y el paso del tiempo, ahora ha pasado a ser no más que un parque de atracciones, con los antiguos establecimientos cerrados, los letreros de las tiendas comunes a cualquier parte del mundo refulgiendo, la turba que lo ocupa todo, cola tras cola, los precios por las nubes, si quieres hacer una foto no tendrás más remedio que hacérsela a la masa, la fotografía de un monumento, cuando crees que no va a pasar nadie, de repente la sorpresa y se convierte en el retrato de un guiri anglosajón desconocido que se ha metido en la plaza.

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La ciudad de los mil planetas

Para alguien que lleva opinando durante años que el cómic francés, al menos el de ciencia ficción, es mucho más imaginativo, interesante y creativo que el americano, sobresaturado de tanto superhéroe, Valerian supone un soplo de aire fresco. O la amas o la odias, es lo que dicen las críticas. Por mi parte ni lo uno ni lo otro. Como he dicho en alguna otra ocasión: me gusta, me podria haber gustado más. Su principal baza es el escenario, la ciudad de los mil planetas.  Los personajes, ni fu ni fa. La historia, ahora hablaré de ella. El escenario. Un lugar donde prácticamente casi todas las civilizaciones de la galaxia, conviven tras entrar en contacto y forman parte de una experiencia colectiva común. La manera de tratar la diversidad de Luc Besson sobrepasa en calidad, en texturas, en credibilidad, en variedad, en imaginación, a todo lo que hayamos visto de Star Wars. Valerian supera a la Guerra de las Galaxias en ese sentido. La ciudad de los mil planetas sobrepasa, y en mucho, tanto que uno llega a odiar todavía más a George Lucas y a la segunda trilogía (la digital, la que según el desarrollo narrativo es la primera), a la imaginería de Coruscant. Uno llega a creerse más lo que ve en ese universo francés que en la fantasmagoria estadounidense.

Sin embargo, su fallo es la historia. Ahí todavía la primera trilogía de Star Wars (la de los ochenta) se lleva el galardón. El argumento de Valerian es desesperantemente buenista. Tienen una ciudad de los mil planetas, donde cada especie es, si cabe, más corrupta y malvada que la anterior, y la trama concluye en un alarde de pureza y de brillantez moral que provoca dentera. Con unos personajes tan perfectos, una raza que da tanto asco de lo brillante, infantil, ingenua, inocente, radiante y perfecta que es, que es lo que hasta cierto punto estropea la película. un poco más de cine negro, un poco más de contrabandistas y de bandidos. Menos edulcoramiento, menos hablar de amor y de poesía barata así por la cara, por favor.

En cualquier caso, Valerian mejor que cualquier refrito de superhéroes yankis que se pueda contemplar este verano

Dunkerque. Christopher Nolan

Tiempo perdido, eso es lo que se puede argumentar de Dunkerque, una pérdida de tiempo.

Christopher Nolan, inventor de mundos, uno de los pocos que ha sido capaz de ofrecer en la última década algo que no esté manido o repetido hasta la saciedad, desarrollador de lenguajes y de mundos inexplorados. Con Origen creó una nueva mitología contemporánea. Con Interstellar, ya, sí, larga y aburrida como ella sola. Pero la exploración espacial realista, los agujeros negros, los colores primarios, los tempanos de hielo, todo. O Memento. O la renovación del cómic de superhéroes que desafortunadamente no ha calado en el resto del universo cinematográfico. Ese Joker a la altura de Frank Miller.

Y de repente a Nolan le da por hacer una película bélica. Lo dicho, dos años perdidos de la vida de un gran creador. Tiempo perdido. La primera vez que vi el trailer de la cinta me eché las manos a la cabeza. No puede ser. Acudo a las salas y me repito e insisto: No puede ser. Esa sensiblería bélica de fondo, esa glorificación de la valentía y de la entrega, justificado porque supuestamente se lucha contra el mal, contra un enemigo que es el demonio mismo. Con “La delgada línea roja” el cine bélico tendría que haberse extinguido. Muy buena fotografía, excelente desarrollo de la trama. Y sin embargo, nada nuevo bajo el sol. La enervante musica de fondo, como el sonido del motor de un submarino. Hora y media en esa tesitura resulta insoportable. O lo predecible de la trama, en los primeros minutos de cada línea argumental ya se adivina de qué manera va a concluir. Así como falta de medios. Esas líneas raquíticas de soldados, ¿dónde se vislumbra ahí los cuatrocientos mil militares embolsados? ¿O las cuarenta mil víctimas de la conflagración? Y, ¿tres aviones spitfire? ¿Una película bélica con solo tres aviones contra todo el potencial nazi? Ves una fotografía real de la batalla, una en blanco y negro, borrosa, con el granulado y el paso del tiempo que se nota, y Dunkirk, de Christopher Nolan, se queda en pañales. Un espectáculo de autor. La prensa la proclama como la gran película de Nolan, se ve que a los críticos no les gusta la ciencia ficción ni los superhéroes, su quehacer sobra de engreimiento y peca de falta de imaginación; porque ese es el punto álgido de este título, la reputación del director, porque por lo demás un espectáculo fallido.

Ballena

Un motivo para levantarme de la cama, 

tan sencillo y 

tan difícil 

como eso, 

algo que desaliente el desaliento, 

que engañe al desengaño, 

que hilvane hilo al nihilismo; 

seguiré respirando por inercia, 

mirando al techo por reparo, 

la mente en blanco por sistema, 

en mi habitación repleta de recuerdos,

pero a quien lo ha visto todo, 

¿que le queda?

Asfixiándose tal cual ballena varada.