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El último día

Después de mucho tiempo, vuelvo a sonreír. Adiós tensiones, adiós a tener que disimular, por el qué dirán, mi último día en el instituto. Adiós a las preguntas a destiempo, a las críticas a la cara o, peor que estas, a aquellas que no se expresan, aquellas veladas, las conformadas por mi inconformismo, por mi perfeccionismo, la carga que yo mismo me echo a mis espaldas, los malos resultados con los estudiantes, la gente que me mira como si me conociera, aquellos que no se atreven a mirarme a los ojos, lo que no he conseguido, lo que he hecho o he dejado de hacer. No, hoy es el último día, borrón y cuenta nueva. Nadie me conocerá a dónde vaya, nadie sabrá de mi pasado, nadie me comprenderá, pero espero encontrarme con gente más tolerante. El año pasado tenía una sensación agridulce al irme. Este año sonrío. Un día como este me informa, me da a entender, que el día más feliz de mi vida quizás el de mi muerte, porque habiéndolo dejado todo atrás, todos los sufrimientos, todas mis penas, los remordimientos, las cosas por hacer, no me importará irme a dormir y no volver a despertar.

Ocurrencia

Lo difícil que es encontrar a una persona de mi generación, alguien que no sea un adolescente, un ser cuyo momento de lucidez se halló en las postrimerías de los treinta, y que ahora viva de las rentas, un ente que no abogue por el culto a la juventud cuando está claro que su camino vuelva hacia la madurez, un tardotreintañero que fue original en su momento, consecuente consigo mismo, en los treinta, pero que ahora en la decadencia y en el horror a la vejez, a la muerte y al vacío, se empeñe en comportarse como un adolescente, con lo aburridos que son los adolescentes, lo sé por experiencia propia que trabajo treinta horas a la semana con ellos, donde todo signo de rebeldía es acometido por presión social, porque el resto observa, todavía no son ellos mismos, sino las personas que los demás buscan que sean, huyen de responsabilidades, son corruptos, aprovechados, no razonan, reconocen en los adultos a sus enemigos, y lo difícil que es no ser así, que es crecer y no aterrorizarse, que surjan las arrugas y retroceder atrás en huida hacia el pasado, procurar no recordar los errores, ser desenvuelto, aparentamente aleatorio, disolver la memoria que podamos tener, no tener remembranzas, una vida por definirse, volver a ser un adolescente sin preocupaciones, en el fondo la adolescencia como una suerte de vejez prematura.

El malentendido. Albert Camus

Obra de teatro que se lee como una novela corta. De lenguaje recursivo, empalagoso a ratos, sorprendentemente decimonónico para un premio Nobel del siglo XX, con conversaciones sobrecargadas de largas intervenciones y de soliloquios.

Sobre el lenguaje, que no llama la atención, lo que merece la pena resaltar es la trama que es inquietante y repleta de angustia. Prácticamente desde el primer acto y medio se adivina cuál va a ser el guión general y cuál va a ser el final. Aún de este modo engancha. Uno dice: No puedo creer que vaya a suceder así, no puedo aceptar que se enzarce en ocurrir de ese modo, no puedo concebir que la conclusión sea la que me imagino. La obra te agarra, no te deja soltarla. De algún modo es la esperanza de equivocarte lo que te hace proseguir, leyéndola con el texto en la mano, u observándola representada en la butaca. Esa esperanza a que el argumento se desarrolle de un modo distinto no desaparece por mil veces que la leas o que asistas al teatro, pugnando, rezando, porque de repente la narración cambie, porque la tragedia no acabe siendo una tragedia. ¿Y por qué no? ¿Qué es lo que lo impide? El miedo, el terror al absurdo existencial. El pánico a que todo sea una mentira, una ficción. Los resquemores que en el yo este document despierta. Estoy bien, pero podría dejar de estarlo; vivo en un mundo cómodo, pero cabe la posibilidad de que no sea más que un engaño; tengo deseos, pero perfectamente podría transmutarlos por otros; tengo la esperanza de que mis desvelos me lleven por el sendero de la fortuna, mas ¿y si surge que me topo de bruces con una bifurcación? O con un callejón sin salida. Estoy vivo, existo. Ahora bien, eso, ¿qué significa?

Dioses, tumbas y sabios. C W Ceram

El propio autor de este libro indica en la introducción que su propósito fue escribir el equivalente de “Cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, en el campo de la arqueología. Esto es, un libro de divulgación sobre los doctos, los sabios, los aventureros, que han permitido el redescubrimiento de las civilizaciones pretéritas, escrito en un lenguaje ameno, que interese y no aburra, que no redunde en largas y farragosas listas de términos, de fechas, sino que haga hincapié en el logro, en el milagro científico, que supuso por ejemplo en su día el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, o el hallazgo de la cámara funeraria casi intacta de Tutankamón. Tras el desenterramiento de la máscara del joven faraón hubo un montón de trabajo, un sinfín de precedentes, el surgimiento de nuevas ideas, de una nueva manera de entender y de respetar el pasado no como cantera, ni de reserva de oro para fundirlo, sino como patrimonio. Este libro se escribio como homenaje a todo ese desarrollo oculto tras la parafernalia de los grandes hallazgos.

Dioses de los ochenta

Dioses de los ochenta,

no hacía falta que fuerais buenos actores,

ni que tuvierais interpretaciones redondas,

solo vuestro rostro que llenaba la pantalla.

Dioses de los ochenta,no eran necesarios los guiones sin resquicios,

ni los efectos especiales sin trampa ni cartón,

solo la imaginación, únicamente el delirio de vuestras ocurrencias.

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