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Trazando Mapas

Tras dos años de ausencia volvemos a la radio, y los hacemos con fuerza, con una nueva emisión que nos llena de ilusión y de satisfacción, y que esperemos que sea del agrado de nuestros radioyentes. Nos pueden escuchar haciendo clic en el siguiente enlace:

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Más del 70% de la población española es urbana. Sin embargo, eso no nos convierte en expertos en la materia. La ciudad es la creación más compleja del ser humano, complicada hasta para quienes la estudian, la más difícil de comprender, de catalogar, la más inestable, inasible, y a la vez la más importante. La tarea ingente que se propone este espacio es la de acercar, de manera sencilla y amena, al oyente a su comprensión. Exponer su lógica, su espacio, su dinámica, desde los tecnicismos, pero también desde la formulación del espacio sentimental. La ciudad es matemática y planimetría, pero además, y sobre todo, el lugar donde desarrollamos nuestra existencia y nuestras experiencias.

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Cosas de pueblo pequeño

En el cuarto la luz del día que se apaga entra por las persianas. No es de noche pero el urbanita ya está en cama. Puesto que es otoño el que atardezca no supone siquiera que sea una hora vespertina, apenas dan las dieciocho horas en el reloj digital del despertador sobre la mesilla de noche. Si estuviera enfermo habría explicación. No obstante, el pecho no está congestionado, no presenta fiebre alta. Es solo tristeza la que hay en sus ojos mientras observa el techo de la habitación.

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Las hermanas Grimes. Richard Yates

Novela para disfrutar leyendo, puesto que el argumento está ahí desde el principio. Las Hermanas Grimes, cuenta Richard Yates, están destinadas a no ser felices. Dice el autor que la principal razón proviene de los desajustes familiares. Las hermanas Grimes nacen en un matrimonio que se divorcia, la madre va por un lado, es una profesional con éxito cuestionable, al padre cada vez lo ven menos, no lo conocen apenas. Las hermanas Grimes no tienen quien las proteja, no poseen un entorno familiar al que volver cuando las cosas van mal.

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Un clavo

Tienes derecho a aferrarte a un clavo ardiendo,

tienes derecho a no avergonzarte a la hora de buscar compañía,

a pedir auxilio cuando las lágrimas te acogotan,

a clamar por salvar la distancia cuando te ves solitario sobre el precipicio;

si los demás se alejan, por cobardía,

simplemente porque no les interesa,

o por el miedo a sustraerse a su propio desarraigo,

es otra circunstancia;

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Sumisión. Michel Houellebecq

Echo de menos al Houellebecq de las primeras novelas, de “Las partículas elementales”. Sumisión es el primer libro de este autor que leo completo desde hace mucho tiempo. Si se revisan las sinopsis por Internet y los artículos publicados al respecto, suele plantearse esta obra como una crítica hacia el Islam. Mas la estrategia es sumamente inteligente. En ningún momento de su extensión se hace una sola referencia en contra de la doctrina islámica. Al contrario. Todo está a favor de la imposición del Islam, de la conversión de Europa del catolicismo a la religión musulmana. Incluso es conveniente.

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Razones

Una carretera de montaña con apenas anchura para dos coches. Tengo que dar la vuelta, no se me ocurre otro sitio donde hacerlo que ese. Provengo de una curva, voy hacia otra a apenas cincuenta metros. A mi espalda un precipicio considerable, tanto que me entra el pánico por el vértigo. Si un vehículo se aproxima por alguno de los lados no tendrá tiempo para parar ni espacio para esquivarme, sobre todo si es uno de esos turistas mentecatos que circulan a noventa en una carretera de cuarenta. La pendiente de la calzada es tal que al retroceder la gravedad tira de mí. Más pánico, el terror me paraliza. Pero acierto a pisar el pedal, ninguno coche viene. Consigo incorporarme, sigo vivo.

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Mi casa, mi monasterio

En cama a las siete de la tarde, enfermo o resfriado, podría ser. Pero no, por contra acosado por otro tipo de malestar; agotado por la presión, por el estrés social. En parte es culpa mía porque en su época quise acercarme, pretendí abrirme, y ahora tengo que lidiar con la imagen que en su momento creé. Resulta que la gente se molesta si me aparto, si no correspondo a esa naturaleza aparente cuando no es la mía, me lanzan indirectas si no voy a su casa, son capciosos, piensan que estoy molesto con ellos. Estoy molesto con ellos. Un palabra más adecuada sería decepcionado. No obstante, sigo diciendo, es culpa mía, porque me hice ilusiones, nuevamente como sucede año tras año me generé expectativas, me abandoné a la esperanza. Forjé grupos, desarrollé sociedades, cuando odio los grupos, cuando soy en exceso sensible a los ruidos, a los comentarios, a la cháchara sin fin alguno, a los gestos, a cualquier clase de gesto. Parece que no me entero, que ando despistado, pero no, me entero, y si me vislumbran con aire despistado y ausente es porque ya ando saturado, o trato de apartarme. Odio los grupos. Si me acerco a los grupos es porque espero encontrar a una persona, a una sola, a la que mirar a los ojos. Sin embargo, todavía recuerdo a esa gentil criatura que cuando le susurré como quien no quiere la cosa: “Estoy aquí para conocerte”, me respondió: “Me caes genial, y seguro que este año entre todos formamos un grupo muy apañado”. La gente adora los grupos, yo si voy es para conocer a una persona. El resultado es la saturación. No quiero visitaros, no quiero ir a vuestra casa. Si lo hago es porque, aunque aborrezco los grupos, temo el ostracismo. Ando allí casi por obligación. No deseo convivir. Quiero estar en mi casa, mi paz, mi tranquilidad, mi monasterio, mi reflexión, mi refugio.