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Verano 1993

Exasperantemente aburrida. Esto no resta que bien dirigida, con un trabajo impecable y muy natural en las escenas con niños, hermosa en algunas fases, digamos que conmovedora. Sin embargo, qué tostón, qué monotonía, para el oído y para los sentidos. ¿Todo el rato jazz? Y los sonidos del bosque que asemejasen enlatados. Parecía que el cine español había abandonado eso, los guiones anodinos y casi minimalistas, parecía que con la crisis se habían olvidado de esa tendencia de pretender hacer arte, y que la única manera de hacer arte consistíera en contruir cine lento e infumable. Pero no. Dicen que nos estamos recuperando, algunos lo niegan, pero que se lo digan al retorno del gafapastismo. La bondad económica en este país guarda una estremecedora cercanía con la insulsez en el séptimo arte.

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31 de agosto nocturno

Treinta y uno de agosto de dos mil diecisiete. Jueves. Pero no un jueves cualquiera. La mitad de la población regresa de las vacaciones, y acuden con las costumbres intactas de sus lugares de veraneo. El calor impide dejar las ventanas cerradas, prácticamente todo el verano ha sido así, pero nunca tan urgente como esta madrugada. La adolescente del tercero que conversa por teléfono de una a dos, los vecinos de enfrente con sus luces potentes y la película en alto volumen, las discusiones, los padres con los hijos, los hijos con los padres, ser testigo de las primeras peleas de un par de parejas enamoradas; aparte por alguna razón las alarmas de un sinfín de vehículos que estallan, de manera intermitente, y si fuera poco también la del centro cívico de manera constante hasta las cuatro; y a añadir a la coctelera el ruido de fondo, el de los coches y las motos circulando, que ha doblado su intensidad. La mitad de la población ha regresado y parece que lo ha hecho para darse un garbeo por la ciudad, a pie, en tren, en metro, en vehículo a motor, o en sus propias casas. Se mueven como noctámbulos, coleccionando cucarachas o ratas en la acera, rompiendo el silencio con los tubos de escape de las motocicletas, o cavando zanjas de tanto recorrer el pasillo de sus moradas. La mitad de la población ha vuelto y sufre de insomnio, a fuerza de costumbre de levantarse tarde, y de paso provoca el insomnio en más de uno que no se ha ido. La mitad de la población ha regresado y ojalá que no lo hubiera hecho, que se hubiera quedado en esos lares, donde quiera que estuviera, dispersa, esparcida. Podrían haber fundado una nueva ciudad, o un sinnúmero de pequeñas aldehuelas. En el fondo luchar contra la contaminación acústica es muy sencillo. Basta con cambiar de aires, para siempre, y no regresar. No regreséis, malditos. Cread pueblos en la costa o en la montaña, y dejadnos en paz.

La mente de continuo

Diez horas seguidos juntos, con la cabeza carburando, el cerebro funcionando, ese sistema complejo mutando de continuo, esas neuronas elucubrando, no confío en alguien que después de diez horas permanezca igual, albergue los mismos pensamientos, ideas y actitud que diez horas antes, no puedo mirar sin sospechar a alguien que sea capaz de sonreír durante diez horas seguidas, hipocresía implicada, falsedad, inciertas intenciones, o simplemente que no hay mente, no hay pensamiento, simplemente máquina, estoy rodeado de robots, soy la única persona normal en la habitación.

Don Quijote en el exilio. Peter Furst

La población del mundo durante la Segunda Guerra Mundial era de 2500 millones de habitantes. Con que solo uno de cada 50.000 perteneciera a un mundo lo suficientemente civilizado y acomodado como para saber leer y escribir, hubiese sido lo suficientemente afortunado para sobrevivir (condición en ocasiones no indispensable), así como poseyese ese resquemor interno que insufla deseos de narrar lo que aconteció, tenemos cincuenta mil relatos distintos y variopintos sobre la II Guerra Mundial, los suficientes como para llenar los días de una vida. Los hay de todo tipo. De los soldados de cualquier frente, de los civiles que sufrieron penurias, de las minorías que padecieron persecuciones y exterminio. “Don Quijote en el exilio” es la autobiografía de un alemán descendiente de judíos que tuvo la cautela, o las amistades pertinentes, que le permitieron huir de Alemania antes de que todo comenzara. Recaló en España, fue testigo del estallido de la Guerra Civil, se marchó del país, fue corresponsal de guerra desde la comodidad de un café vienés… La historia de “don Pedro” es, dentro de las cincuenta mil líneas narrativas que conforman el universo autodocumentado del mayor conflicto hasta el momento, una narración de la retaguardia, configurado por alguien cuyo origen e identidad suponía un peligro, pero que contó con los apoyos necesarios para que ese riesgo no fuera tan elevado como el de un soldado en la trinchera o el de un marcado en el ghetto. Don Pedro recorre los trenes de toda Europa: España, Viena, Yugoslavia, París… Termina marchando a la República Dominicana. Su historia es la de un superviviente, no la de un luchador; describe, rara vez denuncia. Los personajes variopintos se van sucediendo. El mundo se tiñe de oscuro, se entenebrece, se vuelve gris, pero nunca negro. Su transcurso rodea las zonas de combate, no las atraviesa. Europa arde, pero no se desmorona del todo. Entre las ruinas se debate don Pedro. Y donde quiera que va encuentra a aquellos que reconstruirán el mundo tras la debacle. Un libro no tanto dedicado a las víctimas como a los supervivientes. Una lectura paralela a los hechos bélicos. La II Guerra Mundial no solo fueron batallas o campos de concentración, también soñadores exiliados que rodearon su país sin jamás volver a pisarlo.

Gottland. Mariusz Szczygiel

Novela de no ficción, el género sin duda que ha estallado y que ante todo ha despuntado en el siglo XXI. Difícilmente recuerdo novelas de no ficción anteriores al 2000, o al menos a los noventa. Las hubo. Ahí estaban Bukowski o Miller. Sin embargo, no con la crudeza de estas últimas sagas, no necesariamente autobiográficas, o donde la autobiografía no fuera el hilo conductor. Gottland es la obra de un escritor polaco de nombre impronunciable y que incluso cuesta deletrear y redactar, sobre un país que no es el suyo, la República Checa, pero que podría ser el suyo. Podría ser el de todos. Gottland es la novela de no ficción, un relato de historia narrativa, sobre un conjunto de personajes como representantes de un país durante el siglo XX. Gottland nace con el capitalismo de una fábrica de zapatos, se codea con el nazismo hitleriano de la 2º Guerra Mundial, y adquiere su madurez y trasfondo principal en la fase comunista. Gottland no es un libro de historia, sino de bocetos biográficos. El resto, los huecos entre vivencia y vivencia, hay que irlos rellenando. Con imaginación. ¿Qué consejo ofrecer sobre esto? ¿Cómo lucubrar lo que ocurrió entre personaje y personaje? ¿De qué manera enlazar la bitácora del zapatero Bata con quien construyó el monumento a Stalin más grande del mundo en Praga? Es fácil, no confíes en la humanidad como un lugar donde alguien pueda ser feliz, no vayas con esperanza y buenas intenciones, sino con ánimo rebelde y contestatario. Piensa mal, en las millones de maneras como un ser humano puede convertir a otro en esclavo, y acertarás.