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31 de agosto nocturno

Treinta y uno de agosto de dos mil diecisiete. Jueves. Pero no un jueves cualquiera. La mitad de la población regresa de las vacaciones, y acuden con las costumbres intactas de sus lugares de veraneo. El calor impide dejar las ventanas cerradas, prácticamente todo el verano ha sido así, pero nunca tan urgente como esta madrugada. La adolescente del tercero que conversa por teléfono de una a dos, los vecinos de enfrente con sus luces potentes y la película en alto volumen, las discusiones, los padres con los hijos, los hijos con los padres, ser testigo de las primeras peleas de un par de parejas enamoradas; aparte por alguna razón las alarmas de un sinfín de vehículos que estallan, de manera intermitente, y si fuera poco también la del centro cívico de manera constante hasta las cuatro; y a añadir a la coctelera el ruido de fondo, el de los coches y las motos circulando, que ha doblado su intensidad. La mitad de la población ha regresado y parece que lo ha hecho para darse un garbeo por la ciudad, a pie, en tren, en metro, en vehículo a motor, o en sus propias casas. Se mueven como noctámbulos, coleccionando cucarachas o ratas en la acera, rompiendo el silencio con los tubos de escape de las motocicletas, o cavando zanjas de tanto recorrer el pasillo de sus moradas. La mitad de la población ha vuelto y sufre de insomnio, a fuerza de costumbre de levantarse tarde, y de paso provoca el insomnio en más de uno que no se ha ido. La mitad de la población ha regresado y ojalá que no lo hubiera hecho, que se hubiera quedado en esos lares, donde quiera que estuviera, dispersa, esparcida. Podrían haber fundado una nueva ciudad, o un sinnúmero de pequeñas aldehuelas. En el fondo luchar contra la contaminación acústica es muy sencillo. Basta con cambiar de aires, para siempre, y no regresar. No regreséis, malditos. Cread pueblos en la costa o en la montaña, y dejadnos en paz.

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Intermedias

Conversaba con dos amigos acerca de una tercera amistad en común. Uno de ellos le pedía al otro si podía aconsejar al tercero no presente sobre su reciente amorío con una chica que, francamente, no le convenía. Es posesiva, manipuladora, pertenece a esa nueva hornada de jóvenes tanto ellos como ellas que emplean las nuevas tecnologías para controlarse mutuamente, y que conciben los celos como una manera de demostrar el amor. Él es muy inocente, nunca ha tenido novia, no ha conocido a nadie así, le van a hacer daño. La chica se cabrea a cada momento que no está con ella, a cada instante que desconoce con quién y dónde se encuentra. Para colmo nuestro amigo entra por todas, no le discute, trata de tranquilizarla, como nunca antes ha tenido novia le hace regalos caros, no se da a valer, permite que le pisotee. El otro día estuvo hasta las tres de la mañana tratando de calmar a la otra por un sofoco que le dio por un motivo tonto cuando a la mañana siguiente tenía que levantarse a las seis y media.

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Más años de humillación

Vas por mediados de los treinta y como si tuvieras doce años, en el coche de tus padres, sin dinero en el bolsillo ni una casa propia. Tu padre es de la vieja escuela, un manitas en fontanería, en albañilería, en bricolaje, en todo lo que le echen. Monta muebles, la red de agua caliente de tu casa, la casita del perro, el nuevo enchufe de pared… Tu hermano pequeño en cambio es de la nueva escuela. No sabrá de bricolaje pero todo lo que necesites de ordenadores se lo puedes preguntar a él. En comparación tú… tú… a ti se te puede inquirir sobre todo lo que no vale un duro, ideas políticas, conceptos filosóficos, hechos históricos, críticas cinéfilas y literarias,… Eres un experto en todo lo que no da de comer, hay quien te considera un genio, pero lo único que sabes es leer, escribir, estudiar y memorizar, nada valioso ni práctico fuera de eso. No es que te hayas comportado como un vago. Te has pasado la vida hincando los codos, ahora mismo estás inscrito en cuatro bolsas de profesores de secundaria. Pero para qué. Llevan dos años sin llamarte, la lista siempre avanza hasta que te quedas en los primeros puestos, sin embargo la mala suerte de que se queda ahí. Por no saber, aunque llevas cuatro años con lo mismo, ni siquiera alcanzas a dilucidar si vales para profesor o si te gustará porque todavía no te han llamado. La crisis te ha destrozado, como a muchos. La escusa que percibes es la misma que oyes de tantos otros, la mala fortuna de coincidir con la peor crisis económica del capitalismo reciente. Te dijeron que si estudiabas podrías ganarte la vida. Pero te has sacado todos los títulos que podías sacarte… estás a punto de cumplir treinta y cinco y todavía vas en el coche de tus padres como si tuvieras doce, sin poder intuir, ni por asomo discernir si acaso lo que te queda no serán más años de humillación.