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Intermedias

Conversaba con dos amigos acerca de una tercera amistad en común. Uno de ellos le pedía al otro si podía aconsejar al tercero no presente sobre su reciente amorío con una chica que, francamente, no le convenía. Es posesiva, manipuladora, pertenece a esa nueva hornada de jóvenes tanto ellos como ellas que emplean las nuevas tecnologías para controlarse mutuamente, y que conciben los celos como una manera de demostrar el amor. Él es muy inocente, nunca ha tenido novia, no ha conocido a nadie así, le van a hacer daño. La chica se cabrea a cada momento que no está con ella, a cada instante que desconoce con quién y dónde se encuentra. Para colmo nuestro amigo entra por todas, no le discute, trata de tranquilizarla, como nunca antes ha tenido novia le hace regalos caros, no se da a valer, permite que le pisotee. El otro día estuvo hasta las tres de la mañana tratando de calmar a la otra por un sofoco que le dio por un motivo tonto cuando a la mañana siguiente tenía que levantarse a las seis y media.

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Más años de humillación

Vas por mediados de los treinta y como si tuvieras doce años, en el coche de tus padres, sin dinero en el bolsillo ni una casa propia. Tu padre es de la vieja escuela, un manitas en fontanería, en albañilería, en bricolaje, en todo lo que le echen. Monta muebles, la red de agua caliente de tu casa, la casita del perro, el nuevo enchufe de pared… Tu hermano pequeño en cambio es de la nueva escuela. No sabrá de bricolaje pero todo lo que necesites de ordenadores se lo puedes preguntar a él. En comparación tú… tú… a ti se te puede inquirir sobre todo lo que no vale un duro, ideas políticas, conceptos filosóficos, hechos históricos, críticas cinéfilas y literarias,… Eres un experto en todo lo que no da de comer, hay quien te considera un genio, pero lo único que sabes es leer, escribir, estudiar y memorizar, nada valioso ni práctico fuera de eso. No es que te hayas comportado como un vago. Te has pasado la vida hincando los codos, ahora mismo estás inscrito en cuatro bolsas de profesores de secundaria. Pero para qué. Llevan dos años sin llamarte, la lista siempre avanza hasta que te quedas en los primeros puestos, sin embargo la mala suerte de que se queda ahí. Por no saber, aunque llevas cuatro años con lo mismo, ni siquiera alcanzas a dilucidar si vales para profesor o si te gustará porque todavía no te han llamado. La crisis te ha destrozado, como a muchos. La escusa que percibes es la misma que oyes de tantos otros, la mala fortuna de coincidir con la peor crisis económica del capitalismo reciente. Te dijeron que si estudiabas podrías ganarte la vida. Pero te has sacado todos los títulos que podías sacarte… estás a punto de cumplir treinta y cinco y todavía vas en el coche de tus padres como si tuvieras doce, sin poder intuir, ni por asomo discernir si acaso lo que te queda no serán más años de humillación.

Un problema de simetría

¿Dónde se meten las mujeres de mi edad? Esa es una pregunta cuya respuesta me interesaría mucho averiguar, porque desde luego a los sitios a los que voy yo no. Me puedo encontrar con féminas mayores o mucho más jovenes, pero no de mi edad más o menos. En todo caso, independientemente de la edad. Lo difícil que es ver a una mujer que vaya sola al cine, que pasee sola por la ciudad, que se siente sola en un restaurante o en un bar de tapas a degustar un descubrimiento culinario, en definitiva, lo complicado que es encontrar a alguien del sexo opuesto que haga lo que hago yo. Pero ya no es solo una cuestión de género. Te mueves por el mundo tratando de no molestar, de ser consecuente, de intentar sentirte a gusto al mismo tiempo que otros se sienten a gusto sin incomodidad ante el espacio en el que vivimos. Por ejemplo, no arrojo chicles al suelo, o donde alguien los vaya a encontrar, no bebo directamente del grifo en las fuentes públicas (aunque parece que nadie hace esto los hay), en la piscina, cuando comparto una calle, trató de adaptar mi manera de nadar para no fastidiar a los demás… Sin embargo, lo que recibo en consecuencia, a un tipejo que se pone a nadar en estilo espalda dando paletadas, con el tortazo consiguiente cuando paso a su lado en la cabeza o en el costado, y toda la educación y las buenas maneras me sirven para no ahogarle allí mismo. Pero no hace falta que sea un desconocido. Con amistades, o supuestas amistades. En el grupo de amigos cuando alguien llega nuevo o ausente mucho tiempo me esfuerzo por integrarle. Si convengo en llamarle, en avisarle, le aviso. Todo esto para tener que soportar después a la típica marisabidilla en tu ciudad de origen a la cual regresas de vez en cuando porque ya no vives allí para que te diga: “Ay, es que el que vive fuera tiene que ser el que se esfuerce en contactar con nosotros”. Seguro que si llegase un italiano o un francesito nuevo a la urbe ni se lo pensaría dos veces en servirle de cicerona. Manda huevos.