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El viajante

La película ganadora a los Óscar de este año. Antes de ver la cinta, al revisar la sinopsis, se puede pensar mal por el galardón concedido, porque es políticamente correcto, porque por un lado es una película iraní y a saber si el jurado de la Academia se lo ha otorgado por ir en contra de Donald Trump, y en segundo lugar porque los protagonistas son actores en la representación de “El viajante” de Arthur Miller. Esto es, una obra de teatro norteamericana.

Entonces vas a verla y sí, está bien realizada, Asghar Farhadi mantiene el pulso narrativo, es muy dura, produce extrañeza, un choque cultural, huele a censura porque muchas emociones, muchos actos de consuelo de los que cabría esperar no se realizan, a saber si porque había un puño censor tachando frases y acciones del guión aquí y allá, te conmiseras sobre la situación de la mujer en el mundo islámico (y eso que Irán, aparentemente, es de los países más progresistas), te escandalizas y apenas por la prepotencia de los hombres (aún los más cultos y adelantados). Sin embargo, termina la grabación, sales del cine, y dices: “De acuerdo, pero eso no quita que se haga pesada a ratos y que “Todo sobre mi madre” fuera mejor”. O mismamente este año, la filmación vintage y decimonónica de “Frantz”. Película extranjera, europea, más interesante y removedora que “El viajante”.

San Valennada

Poco importa la ausencia de un San Valentín romántico,

la falta de ocasión de celebrar este día,

sabes que la gente que te es afín es aquella que se halla ocupada o se inventa ocupaciones:

alimentar gatos, escribir libros de filosofía que nadie leerá, tesis doctorales que las amargan, cursos en el extranjero, reuniones de trabajo a deshoras;

solamente dos de cada siete veces San Valentín caerá en fin de semana,

celebremos pues los fines de semana,

aunque no haya fiesta de los enamorados;

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¿Qué te queda?

¿Qué es lo que hace que mantengas fidelidad a esa persona? ¿Qué es lo que provoca que le sigas escribiendo cuando no te contesta, que le sigas hablando si está claro que no te comprende? En serio, ¿cómo se le llama a esa fuerza? ¿Cómo se erradica esa esperanza? La apatía te invade porque aparentemente es siempre lo mismo. Dejas de salir y de quedar con las antiguas amistades para no escuchar los mismos problemas, y las mismas vueltas de tuerca sobre situaciones que conoces de sobra y que parecen no tener solución; ya no frecuentas los mismos lugares como si atrajeran los mismos tipos de conversación de costumbre; los juegos y las actividades que antes te llenaban como que han dejado de guardar sentido. Nada te ilusiona, todo es repetitivo, periódico, reiterativo. No obstante, como última agarradera, la sustancia que le queda al mundo se condensa en ese ser, del cual puedes dudar que sepa, o al menos que conviva diariamente con la certeza de concebir, que existes. ¿Qué pasa si el deseo de estar junto a ella finalmente se desvanece? ¿Qué te queda?

Música para el desierto

Me quedan poco más de dos semanas en Almería. Los fines de semana los aprovecho para hacer senderismo y para viajar por la provincia en lo que he llamado mis findes de homenaje. Paralelamente me preparo para mi trayecto de vuelta hacia el oeste. Sé ya el camino que tomaré. De las dos autovías, la de la costa y la del interior, me tiraré por la segunda. Hay un momento en esta segunda en el que se puede considerar mágico. Dejas atrás el mar, la civilización. Llegas a una planicie elevada en un valle que deja a un lado la Sierra Nevada y al otro la Sierra de los Filabres. Es la carretera desde Canjáyar a Baza y Guadix. Canjáyar significar “Las puertas del infierno”. No es que sea un desierto como indico en el título, al menos en el sentido de Tabernas. Pero a mil metros sobre el nivel del mar, sin árboles, con escasos pueblos esparcidos, y, sobre todo, un recorrido en el que durante más de cincuenta kilómetros prácticamente te puedes encontrar con diez o veinte vehículos. Lo tengo decidido. Ese es el instante perfecto para disfrutar la conducción. Por lo que me preparo, me mentalizo, para tener una experiencia mística al volante, para disfrutar de la soledad. Probablemente la mejor hora sea el mediodía. De acuerdo, con el sol cayendo, pero sin sombras y con espejismos. Una velocidad moderada. No puedo controlar el viento, pero espero que sea una brisa suave que agite levemente las ramas de los arbustos. Y la música. Ah, la música. Eso es otra cosa que voy haciendo fin de semana tras de semana. Recopilo, escucho las canciones en el coche, selecciono. De momento el disco es el siguiente. Por supuesto, ando abierto a sugerencias:

  • Anthony and the Johnsons. For today I’m a boy
  • Arcade Fire. Flatland
  • Carter Burwell. Fargo
  • Dead Man’s Bones. Lose your soul
  • Donovan. Comienzo hermano sol hermana luna
  • Ennio Morricone. El secreto del Sáhara
  • Isobel Campbel & Mark Lanegan. Revolver
  • Jean Baptiste Lully. Marcha para la ceremonia de los turcos (versión de Jordi Savall)
  • John Tavener. The lamb
  • Lana del Rey. Videogames
  • Loquillo. Cadillac Solitario
  • M83. Outro
  • Moloko. The time is now
  • Radiohead. Reckoner
  • The bluetones. Sleazy Bed Track
  • The Polyphonic Spree.
  • Vitalic. Poison Lips

Infelicidad

La reacción de una niña que de repente se pone farruca por algo que sabe que está prohibido en clase, pero que por sus ovarios tiene que hacerlo, es suficiente para desatar el drama. Por el malestar que genera con posterioridad, por el enfrentamiento, por el conflicto que aún no he conseguido que deje de quedárseme enquistado. Porque los malos momentos atraen otros malos momentos. No tanto ocurre con los buenos. En teoría es plausible. El malestar busca aliados para medrar en el organismo, para provocar una crisis generalizada, una rotura en el sistema, una catástrofe. El principio es sencillo, hay que provocar el conflicto para incitar la necesidad de una resolución negociada y llegar a un nuevo equilibrio. Sé que mañana me encontraré mucho mejor. Pero de momento me hallo inserto en el drama. ¿Quién sabe si este blog sobrevivirá al envite? Si no me hartaré y lo borraré. Porque, ¿de qué me sirve? Para alentar la esperanza, una vana sensación de que a lo mejor todo esto algún día se arregla, de que obtendré la recompensa que pienso que merezco. Porque a fin de cuentas, ¿qué es lo que hago aquí? Dando clases a adolescentes solipsistas y respondones en vez de a universitarios. Si es que tendría que estar allá, profesoreando a gente de tercero o cuarto de carrera, en vez de a tercero y cuarto de ESO, si no de un Máster o de un doctorado, investigando y escribiendo libros sobre teorías hipercomplejas acerca de la ciudad, la vida y el universo. Pero lo de siempre, el recuerdo que se repite, acerca de cómo me echaron de mala manera del ámbito universitario. La sensación de una vida frustrada, una existencia fracasada, abotargado por la falta de lectores, con la sensación de que escribo únicamente para mí mismo, para mi autocomplaciencia. Con la creencia de que ya no me queda talento, que lo perdí hace mucho, si es que acaso alguna vez lo tuve. Ya no soy tan original como antaño, no se me ocurren esas lúcidas perversiones de los tiempos de universo cinocuo, esa etapa ya pasó y voy encamino recto hacia el rumbo de la defunción. En definitivas cuentas, la infelicidad, una palabra que se repite desde hace mucho, así como una pregunta en la que ciertas personas insisten: ¿Eres feliz? No es bueno revolver las aguas, desde luego. Ninguna niñata ni niñato, por necesario que me sea trabajar, merece estos desvelos.

Adolescencia

Ah, mi reina dionisíaca. ¿Te acuerdas cuando te decía que me llevaba mejor con los alumnos en el instituto que con mis compañeros de trabajo? Porque a fin de cuentas mis colegas eran adultos y debían comportarse de manera racional, tenían que ser lógicos y coherentes con sus decisiones, era lícito exigirles que fueran consecuentes, que obrasen de manera considerada y no arbitraria. Pero con los adolescentes sucedía distinto. Los niños eran niños, me decía a mí mismo que lo normal que acaeciera consistía en que estuvieran medio locos y no supieran lo que querían, que fueran remolones o escandalosos sin razón, que no se mostraran capaces de contenerse a la hora de hablar sin parar o de comentar cualquier chascarrillo. ¿Te acuerdas que te comentaba que no comprendía cuando uno de mis compañeros criticaba a los adolescentes por no comportarse de manera racional? La juventud es la juventud, ¿es que no recordaban cuando ellos mismos fueron chavales? Y sin embargo lo que me repateaba escucharles cuando declamaban sobre educación cuando no aplicaban lo que decían, las veces que me prometían en la época en la que no tenía coche: “Venga, sí, el próximo sábado vamos de senderismo”, cuando se ponían a perorar sobre política, sobre urbanismo, sobre la vida, en ocasiones sin mostrarse razonables ni abiertos, sino como poseedores de verdades absolutas cuando sus opiniones eran del todo discutibles.

Me escuchabas y entonces te entraba la preocupación, porque a ver qué iba a pensar de ti. Pero en esos instantes te decía: “No, tranquila, contigo me comportaré como mi adolescente de treinta y tantos años cumplidos. Te dejaré ser loca, irracional, incoherente. Te besaré en la frente cuando dudes de manera insistente: Ora sí, ora no, ora quiero esto, y ora lo otro; cuando note contradicciones en tu discurso, a veces sin siquiera darte cuenta, como la vez que te dije que tenía dudas, a continuación me achacaste que esas dudas eran unilaterales por mi parte, pero resulta que tú misma comenzaste la conversación con: “No sé si esto es lo que quiero”. Te besaré en la frente y toleraré que seas una niña loca, que hables cuando no debieras hacerlo porque estropea el instante, que estés alegre cuando el resto del mundo es funeral, que digas barbaridades cuando te parezca, que te contradigas y te creas perfecta sin serlo, admitiré que seas superficial, que recuperes conmigo esos años que me decías que perdiste”. Te besaré en la frente, y sonreiré ante tus imperfecciones, y asentiré y me arrebolaré porque ahí radica tu encanto.

Pero, ah, la primavera… hasta eso estropeó.