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Bestiario tropical. Alfredo Iriarte

Compendio de barrabasadas e iniquidades. Anecdotario terrorífico y catastrófico. La democracia, si por algo es un sistema más justo que otros, es porque nos defiende de las consecuencias de la locura que una sola persona pueda contener. Cuanto esto último sucede, cuando un único ser con sus rarezas, obsesiones y desvaríos, logra deformar y conformar el Estado a su semejanza, por mucho que haya podido ser elegido democráticamente y que diga actuar en aras del pueblo, es cuando nos alejamos del gobierno del pueblo y nos acercamos a una dictadura. O simplemente a algo que no es democracia. El sistema debe controlar las decisiones del gobernante, confirmar que estas no se alejan demasiado de la lógica, de la tendencia hacia el bien común. Y evitar que de repente surja un Leónidas, un Maximiliano, un Anastasio, que se enriquezca a costa del país, asesine a troche y moche, y configure una situación donde sus perversiones personales (sexuales, sádicas, carniceras) sea contempladas como la norma. Bestiario Tropical puede ser considerado un anecdotario de los peores dictadores de América Latina. Mejor dicho, no los peores, sino los más dementes y degenerados. Da pábulo al horror de concebir que solamente una personalidad semejante pueda volver a gobernar.

Ocurrencia

Lo difícil que es encontrar a una persona de mi generación, alguien que no sea un adolescente, un ser cuyo momento de lucidez se halló en las postrimerías de los treinta, y que ahora viva de las rentas, un ente que no abogue por el culto a la juventud cuando está claro que su camino vuelva hacia la madurez, un tardotreintañero que fue original en su momento, consecuente consigo mismo, en los treinta, pero que ahora en la decadencia y en el horror a la vejez, a la muerte y al vacío, se empeñe en comportarse como un adolescente, con lo aburridos que son los adolescentes, lo sé por experiencia propia que trabajo treinta horas a la semana con ellos, donde todo signo de rebeldía es acometido por presión social, porque el resto observa, todavía no son ellos mismos, sino las personas que los demás buscan que sean, huyen de responsabilidades, son corruptos, aprovechados, no razonan, reconocen en los adultos a sus enemigos, y lo difícil que es no ser así, que es crecer y no aterrorizarse, que surjan las arrugas y retroceder atrás en huida hacia el pasado, procurar no recordar los errores, ser desenvuelto, aparentamente aleatorio, disolver la memoria que podamos tener, no tener remembranzas, una vida por definirse, volver a ser un adolescente sin preocupaciones, en el fondo la adolescencia como una suerte de vejez prematura.

El bar. Alex de la Iglesia

Me ha gustado. Podría haberme gustado más. Mirando las críticas en los distintos medios, muchos autores recalcan como error garrafal el último cuarto de hora. Coincido en el trasunto, aunque no en las conclusiones sobre por qué ese tercio final resulta enervante. Hay quien habla de agotamiento de un tipo de cine, de la decadencia de un gran cineasta. Prefiero estar de acuerdo con aquellos que esgrimen más bien que al guión le han faltado horas, tiempo de reflexión y de desarrollo.

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Mala leche

Me pregunto cómo debe ser concebir a un hijo con mala leche. No me refiero a que el niño salga un cabronazo, sino a lo que resulta de que el esperma que actúa en el acto fuera germinado en un instante en el que no estuvieras en tu mejor momento. Me explico. No quiero dar a entender que hubiera violencia en el coito. Nada de violencia. Simplemente estás con tu pareja, con una amiga con derecho a roce, con una desconocida con la que te enrollas tras una sesión de discoteca, y se rompe el condón. Y resulta que el sexo se estaba ejerciendo para desfogar. Pero desfogar en el sentido literal. Nada de excitación sexual, nada de amor, nada de sentimientos compartidos, ni de que a uno le guste estar con esa otra persona. Simplemente, el estrés te invade, necesitas escapar y no sabes cómo hacerlo, querrías destrozar algo, gritar, chillar, pulsar el botón rojo del despacho oval que conecta el final atómico del mundo. Como he dicho, nada de violencia. Simplemente fornicar con frenesí. Y de ahí resulta que sale una criatura, engendrada a partir de la mala leche. ¿Lo notará la biología? ¿Se quedará inscrito en el subconsciente del individuo a pesar de que no es ni cigoto? ¿Pasará a formar parte de la memoria genética? En el instituto a veces ves pasar a chicos con mirada de asesino, o a chicas soberbias que te gritan y tratan como si fueras una mierda, que son precisamente los que te ponen de mala hostia y te dices: No, no, no. Esta tarde nada de sexo, ni aunque tuviera la oportunidad. Preferiblemente cinco pajas inducidas por la ansiedad, porque de algún modo hay que cortar el círculo.

Un perro negro

Uno de esos hechos fortuitos a los que se da más importancia de la debida. Voy a cruzar la calle por un paso de peatones. Es de noche, con las farolas, las luces de los bares, y el trasiego de los autocares. La avenida tiene cuatro carriles y una mediana en el centro. Es decir, es ancha. Pero ya casi antes de disponerme a cruzar el paso de cebra, desde el otro lado un perro negro se me pone a ladrar. El dueño le reprende, pero la criatura no puede contenerse. El hombre tiene a otro chucho consigo, el cual se mantiene impertérrito, no acompaña a su colega, es el perro negro el único que me azuza. Trato de no ponerme nervioso, hago como que me da igual. Al arribar al otro lado el animal hace ademán de abalanzarse hacia mí. El cuidador le reprime, le riñe, no mucho, pero al hacerlo el perro es como si se encogiera sobre sí mismo. Como no le dejan ladrar, gime, se revuelve. Se nota que está asustado, no se calma, no es capaz de controlar los nervios que le acogotan ante mi presencia.

Nada más. Me voy y ahí se acaba todo. En principio otro perro de los muchos que hay en el mundo que a diario la toman con alguien. Para una persona racional punto y final. Y me tengo por ente racional. Pero como el verdadero escepticismo es no negar ni afirmar de primeras, sino hasta que se tengan pruebas, mi mente comienza a elucubrar en todas las posibles opciones, incluidas remitirme a lo que opinarían algunas de las personas que son importantes en mi vida, como ese amigo harto fantasioso que sin importarle una miaja mi cordura o mi sensatez, diría: “Eso es que la muerte te acompaña”. Oh, que gracioso, una sombra tenebrosa vaga a mi lado, se comporta como mi doppelganger, y como es invisible se esconde, pero los perros la huelen, la siente, y la temen. Aunque no todos los cánidos, únicamente ese. Porque todos los demás están tranquilos y a su plim.

Sin embargo, da qué pensar. Es una opción, no está comprobada. Muerte, o no muerte, sea el espíritu de la guadaña, o cualquier otro, me tienta a cavilar que da igual lo que haga, lo malo o lo peligroso que sea. Imagina que en tres años estás muerto. Si lo supieras de antemano, si estuvieras al corriente de cual va a ser tu final, ¿no harías locuras? ¿No irías a donde tuvieras que ir ni te acostarías con quien quisieras acostarte? ¿A qué vienen tantas precauciones? El perro negro lo indica, el futuro no importa, si la muerte te tiene por compañera que en la hora del juicio se encuentre con un cadáver exquisito. En el fondo el perro negro no temía a la parca sino a la incertidumbre que me acompaña. La infinidad de posibles caminos que se abren ante mí.

Votaría a un presidente Asperger

Esta mañana, ojeando la web de un conocido periódico de tirada nacional, me topé con un artículo acerca de la paradoja que sufrían los alumnos con matrícula de honor en la universidad, sobre que cuando salían de la carrera, a pesar del espectacular historial a sus espaldas, les costaba encontrar trabajo. En cambio los que obtenían notas en derredor al cinco raspado solían disfrutar de éxitos laborales mayores. La razón que se argüía era clara, a pesar de las peores notas las habilidades sociales de los segundos están más desarrolladas. El famoso don de gentes tan socorrido para la resolución de conflictos, la asertividad y a la hora ligar. Pero claro, lo que se indica en el artículo ocurre en España. El don de gentes, del mismo modo relacionado con los apretones de mano debajo de la mesa, con el te rasco la espalda si tú me rascas la mía, con la falsedad, la hipocresía, la falta de criterio, con el nepotismo y la corrupción en definitivas cuentas. Con periodistas como este que denostan el trabajo intelectual frente al poderío emocional después se quejarán de que el país va como va, que si somos una sociedad de pandereta, y patatín y patatán. De acuerdo, seguid así. Por descontado resulta lógico que las mentes más brillantes se vayan del país, que estemos a la cola de emprendimiento e innovación. Seguid alentando la envidia mediterránea, que la persona más ignorante y con menos dedos de frente sea la que esté arriba. Habremos abierto nuestra mente. Habremos aceptado a los homosexuales, a los musulmanes, a los extranjeros, lo cual está bien, pero los empollones no progresistas siempre serán la última frontera. ¿Pues sabéis que os digo? Que otro gallo nos cantaría si tuviéramos un presidente Asperger.