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Finales de septiembre

Finales de septiembre. Los chicos son idiotas, sus compañeras no son mucho mejores. Tiene que regresar a las clases y se le hace cuesta arriba que el profesor o profesora de turno al pasar lista la llame por su verdadero nombre. “Vite, prefiero que me digan Vite”, tiene que repetir una y otra vez. A sus compañeros les hace gracia, los profesores bizquean, Vite no guarda semejanza alguna a como realmente se llama. Ella asiente como que no le importa, con cara de fastidio porque tendrán que pasar días hasta que se acostumbren a la situación. Nuevo curso, lo mismo de siempre, empeorado porque repite primero de bachillerato y sus amigas han pasado de curso pero ella no. Sandra y Estela no es que sean las amigas más agradables del mundo, pero al menos no la llaman rara como el resto. Al salir de clase pretende reunirse con ellas, pero el nuevo novio de Estela que tiene ya veinte años, con carnet y con coche, se ofrece a llevarlas. Sandra se apunta, y eso a Vite la enoja porque saben de sobra que, entre otras muchas cosas, se considera a sí misma activista medioambiental. Esto es, no se montará en un vehículo privado que gaste petróleo a menos que sea una urgencia y no haya alternativas. Así que ve a sus amigas marcharse, y cuando se quiere dar cuenta ha perdido el autobús. Tendrá que esperar media hora hasta que pase el siguiente. La soledad le afecta. No le gusta el nuevo año, la nueva clase, los nuevos profesores, tampoco la nueva pareja de Estela, el tipo misterioso y mayor que va de maduro, rebelde y enésimo repetidor de segundo, pero que en el fondo recolecta entre las jovencitas y ni siquiera se trata de un vampiro. Vite no es que no sea guapa y no haya coqueteado de vez en cuando con los chavales, los cuales le tiran del pelo, le posan la zarpa sobre el hombro, presumen de músculo, de tableta de chocolate y voz engolada y se acercan demasiado hasta sentir su aliento. Pero por alguna razón ese día todos estos comportamientos no le parecen más que niñerías. El viaje hasta su casa es lento. Cuando llega al apartamento lo encuentra solitario y a oscuras. Su padre falleció siendo ella pequeña, su madre estará en la tienda, o almorzando con algún novio de esos que a ella nunca le presenta. Encuentra una nota en la cocina con una lasaña descongelándose que puede preparar en el horno. Pero el cúmulo de cosas le impide comer. No tiene hambre, ni sed, en general no siente nada. Se asusta. A Vite le gusta estar alegre, le tiene miedo a las bajonas. Las sufre poca veces pero cuando suceden son realmente profundas y demoledoras. Durante unos segundos ante la desesperación un pensamiento funesto ronda por su cabeza. Su madre lo intentó una vez. No es que esta se lo dijera a Vite, pero la muchacha escuchó en una reunión familiar a su tía cuchichear sobre el tema con otra. Su madre intentó noquearse a base de pastillas, cuando la niña todavía andaba en primaria en un momento en que se encontraba en clase. Ahora que es mayor puede recapacitar que seguramente sucedió durante aquellos días en que su abuela que vivía a quinientos kilómetros se presentó de improviso para cuidarla alegando que su madre había tenido que irse a un viaje repentino. Vite afronta el suceso por primera vez. Se lo escuchó a su tía pero nunca ha pensado en él de manera profunda. Lo que le sucedió a la madre puede acaecerle a la hija, dispone. No hay píldoras en casa. Pero sí cuchillas. Se dirige al cuarto de baño y abre los grifos de agua caliente de la bañera. Se desnuda, se mete en el líquido casi hirviendo. Está a punto de hacerlo, apenas le cuesta decidirse. El día ha sido malo, el curso que se le presenta por delante se vislumbra que va a ser terrible. No puede soportar la desdicha de la soledad, de todo lo que carece, de lo que no posee en la vida.

Sin embargo, en el último momento se detiene. Abre los ojos. Percibe que falta algo. Cavila sobre lo que puede ser y descubre que consiste no tanto en lo que sucede como en lo que no sucede. Ella está a punto de suicidarse, eso está claro. Sin embargo, el aire no tiembla, los cielos no se abren y claman por lo que está a punto de ocurrir: el peor pecado que alguien puede cometer; no aparece nadie en el último suspiro para detenerla, ni siquiera un ángel que le informe cómo sería la vida de sus allegados si ella nunca hubiese existido. No oye música de arpas celestiales, ni de tambores del infierno, no ve luces que floten en el aire, ni alas de ángeles ardiendo, ni siquiera percibe tristeza, desazón, desesperación. Sencillamente nada. Y esto es lo que la detiene. Aunque se trate de un pensamiento estrambótico y estrafalario es lo que la salva. Y es que, concluye, la muerte es demasiado aburrida como para tenerla en cuenta.

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