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El corto invierno

Con el cambio climático los inviernos son cada vez más cortos, especialmente en el sur de España. Aún así el invierno llega. Tres o cuatro semanas a las que no hay más remedio que sobrevivir. Se nota cuando comienza porque la ropa de cama no es suficiente, la piernas amanecen entumecidas y adoloridas, dependes en exceso de los calefactores, de la energía eléctrica, se te cae el mundo cuando resulta que la bombona se queda sin gas o se apaga el termo en mitad de la ducha. El problema lo achacas a lo de siempre. En el sur de España los edificios no están acondicionados, la cuestión no es tanto el frío como la humedad que se mete por puertas, ventanas y rendijas. Te congelas, estás encogido de frío, tienes que salir de casa y ponerte a andar una hora a la intemperie para entrar en calor… Quieras que no el invierno siempre llega, y lo hace por sorpresa. Aunque hayas tenido tres meses para acostumbrarte. Los días que eran cada vez más oscuros, la transición en la moda de las tiendas y en tu propia indumentaria. Pero no se notaba porque al final del camino estaba la navidad, te fastidie o no lo haga. Las luces, el consumismo, la alegría de unos y la queja amarga de otros. No importaba tanto porque las calles, la gente, tu mente, bullía de actividad, para incentivar la imaginación ya fuera para hacer regalos o para inventar argumentos para convencer a los que están a tu alrededor de que la navidad es una basura. Pero pasan las fiestas, se apagan las luces, y del entusiasmo o del coraje se pasa a una resaca en la que lentamente, demasiado, los días se engradecen en una espera angustiante, en una ansiedad porque por fin sea primavera. En el fondo el corto invierno es como entrar en un  puticlub. La iluminación mortecina de la ciudad por los faroles, tenuemente alegrada por los focos rojizos, verdosos o violáceos de los escaparates, las caras tristes o aburridas de los transeúntes paseando embutiéndose en sus abrigos tal como las de las fulanas sobre la barra, la melancolía reinante, la deprimente sensación de derrota, si estás ahí es porque nadie te quiere, si te has metido en el bar de alterne es porque no tienes otras opciones, como escapar al Caribe, o tener una máquina de rayos UVA con la que imaginarte que estás en la playa. En el fondo el corto invierno, es la época más sórdida del año.

La playa como escusa

Ciudades abigarradas de la costa, densas, repletas de edificios por doquier, con cada centímetro cuadrado de suelo ocupado por construcciones, aceras, calzadas y la naturaleza enlatada de los parques. Pero de repente llegas al paseo marítimo y es como un corte, da igual la barahúnda de bloques de apartamentos que quede por detrás, las torres de cientos de metros de altura, las casitas unifamiliares, las palmeras que solo sirven para decorar, inútiles para dar sombra, el derroche de jardines, de agua gastada, de terreno natural mancillado… En frente, hacia el mar, quedan los horizontes en lontananza, la posibilidad de mirar con profundidad hacia la lejanía, los paisajes cambiantes compuestos a base de acantilados de nubes y de efectos de luz. El turismo de playa como una escusa para disfrutar del panorama, la costa como una garantía de horizontes abiertos. ¿Por qué el mar atrae tanto? ¿Por qué no nos conformamos con quedarnos donde estamos tierra adentro? Porque alejados de la costa las posibilidades de contemplar el horizonte desnudo decrecen. Las urbes se extienden kilómetros y kilómetros, desde su interior hace falta coger el coche para adentrarse en la carretera y llegar a un punto en el que no quede nada que perturbe la vista, edificios, torres y cables de electricidad, carteles publicitarios. Es tan complicado a veces alcanzar la situación donde permanecer extasiado con la vista clavada en el infinito. En cambio en la costa bajas a la playa, al paseo marítimo, al acantilado y ya está.

El final de la fiesta

En los sesenta era un puñado de casitas de pescadores, en la actualidad una extensión de bloques de apartamentos mirando al mar, y de lujosas villas embutidas en sus parcelas con su césped, su piscina, y su luz que se enciende por la noche como precaución ante los asaltantes. Quieras que no la localidad ha conseguido escapar a ese destino de ciudad fantasma y solitaria durante el invierno, con su carretera que pasa por medio, con su importante caudal de tráfico, las redes de autobuses metropolitanos, las tiendas que abren todo el año, y los pisos que igualmente tienen la suerte de ser ocupados toda la temporada entre jubilados y personas que viven y trabajan en la comarca. Aun así se trata de una minoría y uno no puede menos que tener la sensación de estar asistiendo al final de una gran fiesta tras el término del verano, arribando justo en el instante en el que los invitados más divertidos se largan a otra mayor, con la miríada de apartamentos desocupados, los cientos de “se alquila” o “se vende”, las tiendas y los restaurantes que cierran, las de repente decenas de clínicas veterinarias que ponen el cartel de “se traspasa” y los edificios antiguos y andrajosos que comparten espacio con los nuevos, que normalmente no tendrían cabida en nuestras ciudades, pero que aquí albergan su oportunidad como alternativa barata para el próximo verano. Si hasta los días son más cortos, el sol se hace más plano, el mar de momento está calmo pero habrá que verlo en tempestad. Un cierto aire de decadencia, de polvo suspendido en el ambiente, mientras la tranquilidad y la soledad hace pasto de las calles y se contempla el raro espectáculo para los seres de tierra adentro de los reflejos del sol equinoccial sobre el mar en otoño.

Reflexiones sobre la cuestión de la vivienda digna

Acabo de regresar de la Escuela de Arquitectura de Sevilla donde he expuesto una ponencia en el II Congreso Internacional de Construcción Sostenible. Buenas sensaciones en general. Tras cinco años de ausencia creí que me iba a costar más o que iba a sentir añoranza u otras cuestiones. Pero sencillamente la vida sigue y no se puede decir mucho más.

Sobre el artículo que he expuesto lo podéis leer pinchando el siguiente enlace:

Reflexiones sobre la cuestión de la vivienda digna

 

Surcos

La ciudad no respeta los valores del humilde campesino español. Es una jungla demasiado dura. La honradez, la decencia, la consideración, parecen estar de más, cualquiera les engaña, hay intereses demasiado enrevesados. La fascinación que pueda tener uno por lo urbano juega en contra. El amor que puedas sentir por el lujo, por la ganancia fácil, por las promesas de buscar un futuro mejor, son como el bisbiseo de una serpiente que te engaña, que te encierra en lo metropolitano, que te condena a una espiral de vergüenza y demencia hacia lo más bajo.

Surcos es una película española de 1951 en plena posguerra. Filmada con la intención de detener el imparable éxodo rural que creaba masas marginadas en la periferia de ciudades como Madrid o Barcelona, y condenaba al campo al abandono y al ostracismo, se trató en principio de una película política destinada a influir en aquellos que pensaban en emigrar. La censura no la atacó, precisamente se buscaba que fuera dura, que retratara con pasmo y certeza toda la suerte de rapiñerías y picaresca que se vivía en la calle. De aquí que, sin quererlo ni beberlo, Surcos se convirtiera en una excepción dentro del cine español de la época, en una rareza, y a la vez en una maravilla que todavía sorprende, en uno de los primeros ejemplos de neorrealismo español. La veo con mi madre que no vivió en esa época, sino en otra unas décadas posterior, y aun así me comenta: “Es que la realidad era así, es que los pobres acudían a la urbe con más esperanza que idea bajo el brazo, y sin saber lo que era el mundo de tal manera que cualquier hijo de vecino les engañaba”. De aquí que para los cinéfilos e historiadores sea una película recomendable, quizás únicamente deslavazada porque el sonido ha perdido calidad con los años, pero en cualquier caso una trama que engancha a pesar de las décadas transcurridas.

Casas que parecen panteones

banos-arabesTotalmente recomendable es la visita al Centro Cultura Baños Árabes de Jaen. Si bien por fuera el palacio engaña y parece contar únicamente con tres plantas, al estar situado en una pronunciada cuesta montaña abajo, ya de por sí el edificio es interesante por la cantidad de pisos y más pisos, sótanos y más sótanos, que no dejan de aparecer, por las diferencias de niveles, por las salas que aunque hayas pasado por delante una y otra vez, resulta que giras en una esquina y te encuentras un ala en el que no habías estado. Para quienes les gusten los laberintos es una gozada. Y para los aficionados a los yacimientos arqueológicos como los de los baños árabes, o quienes quieran visitar un museo de artes y costumbres populares.

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El cangrejo ermitaño

La primera imagen que se me viene a la cabeza es la de un cangrejo ermitaño que busca casa. Representa como la necesidad básica de guarescerse, de resguardarse bajo un techo. En concreto en este caso bajo un techo ya construido. No hace falta diseñarlo, modelarlo o levantarlo. Es una realidad física que está ahí y solo hace falta hacer uso de ella.

Afortunadamente siempre he contado con un techo bajo el que cobijarme, nunca me he visto obligado a residir en la calle ni me he contemplado desesperado por hallar un refugio. Es una experiencia que no puedo relatar. Desafortunadamente, cada vez que he albergado alguna fantasía de okupación, por haber visto alguna casa o algún edificio en el que me pudiera imaginar estar habitando, me encontraba solo, sin una compañera a mi lado con la que poder compartirlo y que me pudiera comprender.

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